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Cuarto domingo de Pascua

Por Enrique Moreno Laval ss.cc.

Hch 2,14.36-41; 1 Ped 2,20-26; Jn 10,1-10

La figura del pastor, que ya aparece en textos del antiguo testamento, es asumida por Jesús para decirnos algo más acerca de quién es él. Este pastor se opone a los ladrones y asaltantes. Se legitima porque tiene un trato personal con las ovejas, llamándolas por su nombre. Ellas a su vez lo legitiman porque reconocen su voz. Este pastor las libera haciéndolas salir, porque no podrían salir solas. Es un líder que va delante de las ovejas y las conduce, de tal modo que ellas lo siguen. Este líder no es un extraño. No viene a robar, matar o destruir. Viene a dar vida. Por eso, puede decir también de sí mismo que él es la puerta, la puerta que se abre hacia la verdadera vida.

Todo esto es Jesús para nosotros. Hoy nos reconocemos como las ovejas de su rebaño, y a él, como el pastor que nos guía. Y podemos entender que su deseo es que cada uno de nosotros, según su ámbito propio, se convierta también en un buen pastor para otros: valiente, osado, preocupado por las personas, líder positivo, cercano, comprensivo y compasivo. Cualquier liderazgo que pudiéramos ejercer, en la familia, en el trabajo, en la sociedad, en la comunidad de la Iglesia, no podría tener otro padrón de conducta sino el de Jesús. No serlo así significaría asimilarnos a la categoría de los extraños, o aún peor, a la de los ladrones y asaltantes.

Nuestro mundo de hoy, y dentro de él, nuestra Iglesia, necesita con urgencia líderes al estilo de Jesús. Sentimos a veces la frustración de tener líderes que no nos sirven, y la angustia de no tener los líderes que necesitamos. Se dice con frecuencia, que nuestros líderes buscan, en definitiva, su propio provecho, contaminados por el afán de poder y todo lo que el poder puede conseguir, a costa de los demás. Los líderes auténticos, desprovistos de intereses propios, de veras entregados a los demás, es un bien escaso.

Urge formar personas en este tipo de liderazgo. Más que la entrega de doctrinas, en sí necesarias, se necesita transmitir actitudes, maneras de ser y hacer, que nos lleven a poner en práctica esos valores evangélicos que el papa Francisco ha puesto en claro, cuando ha hablado insistentemente de una cultura de la cercanía, el encuentro y la ternura.

Transitemos, entonces, por la puerta que es Jesús. Esto significará aceptarlo a él, adherirnos a él, asimilarnos en todo a él. De esta manera, seremos puerta abierta para otros. Para esos otros que siguen prisioneros de instituciones caducas o corruptas, de las que no tienen cómo liberarse porque no encuentran la puerta de salida. La celebración de la eucaristía, especialmente en domingo, deberá significar nuestro compromiso irrenunciable a ser como Jesús, anunciando con nuestras vidas que otro mundo es posible. A su manera, la de Jesús.

 

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