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Domingo 12 de febrero

Por Guillermo Rosas ss.cc.

Eclo 15, 16-21; 1 Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-3

El evangelio de hoy fácilmente lleva a pensar que se trata de una enseñanza sobre la ley; más aún, si se lo considera acordado con la primera lectura, del libro del Eclesiástico. Pero el foco no está en la ley, sino en el corazón humano. Más precisamente: en la relación que Jesús espera que haya entre el corazón humano y las leyes y mandamientos que expresan “lo que agrada al Señor”.

Jesús dice que no vino a abolir las leyes que la tradición de su pueblo establecía como expresión de la voluntad de Dios para cada momento de la historia de la salvación, tal como hoy hace la Iglesia. Vino “para darles cumplimiento”. ¿Es decir…?

Es decir: para establecer una nueva Ley, la del amor, inscrita en el corazón de los creyentes, que llevase a su verdadero cumplimiento la voluntad de Dios. No un cumplimiento exterior, sino uno interior. No un cumplimiento literal, sino uno espiritual: inspirado y animado por el Espíritu Santo. Paradójicamente, esa nueva ley es más exigente que la antigua: “Se dijo: no matarás…. Yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, debe ser condenado”; o bien “Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. El testimonio y la predicación de Jesús enseñan la actitud correcta ante la ley: cumplirla porque es un acto de amor y no cumplirla cuando es una ley que esclaviza y no libera. Más bien: no cumplir una ley que, en realidad, no es la verdadera ley de Cristo: la del amor.

¿No criticaba ásperamente a los fariseos que pagaban escrupulosamente su diezmo, pero descuidaban a sus padres ancianos? ¿O que se escandalizaban porque una mujer pecadora lavaba los pies de Jesús, los besaba y ungía con perfume, sin haberse ocupado antes de acoger bien al huésped, y sin preguntarse por lo que pasaba en el corazón de la mujer?

El amor que Jesús practicó y predicó es radicalmente exigente. De allí las imágenes extremas del evangelio: arrancarse el ojo, cortarse la mano… Pero se trata de una radicalidad interior, que quiere ir al fondo de “lo que agrada al Señor” y no quedarse en lo que podría agradar a los intereses del hombre. Quiere liberar al ser humano de toda esclavitud, e invitarlo a practicar una vida de bien más allá de cada pequeña acción moral, en el proceso de la vida entera, movilizado permanentemente por los ideales que encarnan el amor en los ámbitos de la vida personal, familiar y social. A veces no es fácil discernir hasta dónde las acciones humanas conducen de verdad hacia esos ideales. Por eso Pablo dice en la segunda lectura que anunciamos “una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta”. Pero es posible conocerla por medio del Espíritu, por el cual Dios nos revela todo.