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Domingo 26 de febrero

Por Matías Valenzuela

Is 49, 14-15; 1 Cor 4, 1-5; Mt 6, 24-34

Mi percepción es que en Chile y en el mundo hemos vivido y estamos viviendo tiempos convulsionados. Escribo esto cuando todavía se combaten incendios en el centro y sur de nuestro país. A pocos días de la aprobación en el Senado de la idea de legislar sobre la interrupción del embarazo y del decreto del presidente de los Estados Unidos que niega la entrada de inmigrantes de países musulmanes a sus fronteras, aumentando en el mundo la violencia racial o por motivos religiosos. Días en que además de las muertes de bomberos, brigadistas y carabineros a causa de las llamas y de la devastación de un pueblo completo, Santa Olga, cercano a Constitución, se discute sobre la posible articulación de grupos que desean causar temor y que han estado detrás de los incendios.

Todo ello y muchas más cosas han generado a mi modo de ver un ambiente enrarecido y enardecido, de mucha crispación, de malestar, como el que se produce cuando las llamas están cerca y se respira el humo, se ve poco y se produce una sensación de oscuridad, caos, ansiedad y temor. Es un ambiente muy poco respirable. Aparecen voces diversas, algunas muy alarmistas y fatalistas otras en cambio son voces que apuntan a la organización para la solidaridad y a la calma. Las voces más reflexivas piden que no nos dejemos llevar por las informaciones de primera mano, sobre todo las que circulan en las redes sociales cuya fuente es desconocida y pueden ser tendenciosas e incluso inventadas.

Es inevitable que en este cuadro algunas personas que son más vulnerables al estrés como los niños y los ancianos, se vean muy afectados. Ellos sienten muy fuertemente los embates de las cosas que ocurren y se sienten inseguros y amenazados. Cada uno vive los acontecimientos desde una realidad emocional diversa y es relevante tenerlo en cuenta. También están aquellos que enfrentan las catástrofes con mucha energía y son capaces de darle valor a los demás.

En este contexto nos habla el Señor. Las lecturas de este domingo 26 de febrero, 8° del tiempo ordinario, nos encuentran en el inicio del año laboral o terminando las vacaciones. Para muchos febrero es el tiempo del descanso o del cambio de actividad y el final de febrero es el momento para retomar la vida de cara al año que se inicia. Aunque muchos no habrán descansado nada porque durante todo febrero habrán estado tratando de reparar lo destruido por las llamas. Por lo mismo, mirando lo ocurrido y también mirando hacia adelante las palabras de Jesús y de los evangelios nos quieren iluminar y dar vida.

Por un lado el texto de Isaías nos invita a la máxima confianza porque se refiere al Señor como una madre que jamás olvida al hijo de sus entrañas y se conmueve por lo que esté viviendo. Dios siempre querrá lo mejor para nosotros y se empeñará en que tengamos vida y vida en abundancia. Su acción en la historia siempre será liberadora y protectora. No siempre es claro de qué manera está actuando Dios, pero para el creyente es claro que él está presente y no nos abandona. Lo cual permite una actitud, en cualquier circunstancia, de serenidad profunda. La mejor imagen de ello es la del mar que puede estar totalmente revuelto en la superficie pero en el fondo, en los abismos, está en calma, ahí no hay temor, solo presencia de Dios, aún en la máxima oscuridad. En esa misma línea el salmo expresa que solo en Dios descansa nuestra vida, porque de él viene la esperanza y la fortaleza. El salmista descubre que todo lo demás es exterior e insuficiente, en cambio Dios es la roca, porque es lo más interior a nosotros mismos. Descubrir su presencia y su amor es fuente de salud y paz, porque es Dios y está en nosotros, abrazándonos y atrayéndonos hacia él.

La segunda lectura abunda sobre esto desde otro ángulo. En el fondo una de las cosas que más nos afecta en el camino de la vida son los juicios que otros hacen de nosotros o que nosotros mismos hacemos –desde nuestra propia conciencia, más o menos enferma o más o menos saludable– y esos juicios las más de las veces son estrechos e injustos, muchas veces nos dañan. Vivimos pendientes de ellos porque necesitamos el amor y el reconocimiento de los demás. Pero Pablo en la carta a los Corintios dice que él no se preocupa de los juicios de los demás, ni siquiera de los suyos propios, porque solo le importa el juicio de Dios. El Señor es mi juez, afirma, lo hermoso es que ese juez es pura misericordia y comprensión y todo lo que hace es para que tengamos vida y vida en abundancia. Es como una madre buena. Una madre que no abandona a sus hijos, ni los maltrata, incluso como una madre que está dispuesta a dar la vida por sus hijos, desde el primer instante en que sabe que los lleva en sus entrañas. Eso es lo que nos muestra Jesús.

Por ello, Jesús nos puede invitar a no preocuparnos por el mañana, ni por las cosas materiales de este mundo, porque de hecho son pasajeras e inconsistentes y nos invita a la fe. Es decir, a la experiencia de estar sostenidos por un Dios presente, que acompaña y quiere lo mejor para todos. Por ello la frase fundamental del Señor es: busquen el Reino de Dios y su justicia y lo demás añadido será. Es decir, busquen que Dios reine en sus corazones y en nuestro mundo, esforzándose cada día por hacer la voluntad de Dios, porque esa voluntad es verdadera vida para el mundo. No pongan su confianza en el dinero, ni en los bienes, todo ello lo hacen los que no creen de verdad y se afanan por acumular y transforman el dinero en un ídolo –o la tierra, o los privilegios– y están dispuestos a matar o atropellar a los demás para lograr sus intereses. Solo poniendo al Señor como juez de nuestras vidas salimos de ese narcisismo egocéntrico donde nos miramos el ombligo y escuchamos y velamos solo por aquellos que consideramos nuestros iguales –del grupo que sea-. Solo así lograremos salir de ese encierro y aislamiento que se trasladará a cualquier lugar donde residamos. Solo Dios es verdaderamente trascendente porque es el absolutamente Otro y nos permite abrirnos a todo otro sin temor, como tierra sagrada, donde descubrimos Su rostro, haciéndonos verdaderamente capaces del amor. Que el Señor nos ayude a vivir nuestro presente dejando que en este se aloje el corazón de la eternidad, sin temor, haciendo frente a todo, con los ojos fijos en Jesús.