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Entrevistas a Sergio Silva y Fernando Vives
Publicadas en Nuestra Vida 2009, Anuario de la Congregación, en diciembre de 2009.
Sergio Silva ss.cc., docente jubilado de la facultad de teología UC
He sido goloso
Sergio Silva Gatica (69) termina el año 2009 con dos sucesos relevantes: su jubilación y la publicación del tercer tomo (de cuatro) de su libro “¿Por qué murió Jesús?”. Muy alegre, en su iluminada oficina de la facultad de teología de la pontificia universidad católica de Chile, nos habló de estos temas.
Sergio, ¿desde cuándo trabajas en la facultad de teología de la UC?
Empecé a trabajar en marzo de 1973. Pero oficialmente desde agosto de 1973, un poco antes del golpe. Y acabo de jubilar el primero de julio de este año. Han sido 36 años de trabajo positivo.
¿De dónde te viene esto de la docencia?
La docencia ha sido para mí desde muy niño algo muy atractivo. Ya en el colegio (Sagrados Corazones de la Alameda), no porque lo hubiese buscado, sino porque mis compañeros me lo pidieron muchas veces. Descubrí que era bueno para explicar. Lo que entendía podía explicarlo con claridad. Así, desarrollé una capacidad docente en forma muy espontánea.
¿Qué te pedían tus compañeros?
Me acuerdo que en los últimos años las clases terminaban a fines de noviembre. Después venían los exámenes que se daban ante comisiones. Eso siempre provocaba un cierto temor, sobre todo para los dos ramos principales: matemática y castellano. Mis compañeros más afligidos con estas materias, ya en los últimos años, siempre organizaron repasos que hacía yo. O sea, las primeras semanas de diciembre estaba dedicado a enseñar y eso, a mí, me gustó.
Y esto se unió a tu vocación como religioso…
Después. Primero entré a ingeniería. En el segundo semestre del primer año el profesor de geometría partió a un trabajo a Iquique. Como el libro que usaba en las clases era en francés y su ayudante no sabía este idioma, en cambio él estaba al tanto de que yo sí, me pidió que hiciera las clases esa semana a mis propios compañeros, siendo uno de los menores del curso. Hice las clases y el secretario de la facultad me dijo que el profesor llamó avisando que se demoraba una semana más; así que, por favor, que siguiera. Fueron mis primeras clases universitarias, recién cumplidos los 17 años.
La docencia, entonces, es algo que has disfrutado en la facultad…
Sí. Lo otro fue y sigue siendo vida interna de la facultad: seminarios de profesores, los temas administrativos, etc. Desde el año 1985 participé en el consejo, fui vicedecano tres años, decano seis años. Dejé el cargo el año 2000 y tomé un año sabático el 2001. Volví el 2002 y me tocó coordinar la comisión de reforma de los cursos de formación general para el resto de la universidad. Después coordiné la acreditación del currículo de teología; la comisión de reforma
del curso de estudios pastorales. O sea, he vivido trabajando dentro de la facultad y eso también me ha gustado.
Estar en la facultad te ha permitido investigar…
Sí. Y ahí yo he sido goloso y me he dispersado en muchos temas que han quedado inconclusos.
Entonces, ¿ahora viene la posibilidad de cerrar alguno de estos temas?
La palabra jubilación viene de júbilo: tener alegría, gozo. Por donde creo que va a venir el júbilo es ir terminando alguna de estas investigaciones.
¿Qué temas abordarías?
El que con más ganas quiero hincar el diente es una vieja aspiración que he ido siguiendo de a poco, con publicaciones parciales. Se trata de la reflexión teológica sobre la técnica contemporánea. Porque la técnica es un fenómeno universal. El ser humano siempre ha tenido algún tipo de técnica. La nuestra es la técnica de base científica que ha ido poco a poco llenando todos los espacios de la vida humana: el computador, el celular, todo se hace hoy día con técnicas de base científica: las comunicaciones, los cepillos de diente.
Y la reflexión teológica respecto a esto, ¿cómo está?
Es muy pobre. Casi no hay. Este es uno de los temas más grandes que tengo pendiente. Otra cosa que tengo pendiente, que está saliendo mucho más larga que lo pensado, es un estudio sobre la espiritualidad del fundador a través de sus cartas. La espiritualidad y la persona del fundador tal como lo logro descubrir en sus cartas. Las cartas son ocho volúmenes, alrededor de 2.500 cartas publicadas en torno al año 2000. En este momento tengo una primera versión que en el fondo son extractos. Las cartas de él son muy administrativas: si se compra aquí o allá, si nos vamos a fundar a esta u otra parte. Hay mucha cosa administrativa. Él no es un fundador ideológico con ideas teológicas, espirituales. Él es un fundador. Las cartas son más administrativas que con enjundia espiritual, que la hay. Lo primero que hice fue extractar todo lo que pareció con cierta enjundia. Lo segundo fue ordenar y lo tercero armar en el computador agrupaciones de citas, por ejemplo, estas 20 citas caben bajo el título “Confianza en Dios”. Entonces, en este momento estoy en la última etapa: redactar. Y eso es lentísimo, porque el material son 330 páginas ordenadas en 8 capítulos, tres sobre la espiritualidad y cuatro sobre la persona, más el capítulo introductorio. En dos sesiones de día sábado voy recién en la página 16 de las 330. A ese ritmo me quedan 40 sábados, y más todavía.
¿Has descubierto algo que te llame la atención a primera vista?
He descubierto una cosa bien bonita: que hay dos hermanas, la que sucedió a la fundadora y otra más, con las que tiene una gran libertad para expresar sus afectos. No es el afecto por ellas, sino para expresar en general lo que le está pasando. Con una de ellas se enoja, de repente. Con ellas no tiene empacho en decir lo que está sintiendo. Con otros no. Las cosas más personales están en cartas a esas dos hermanas, personas con las que él se sentía a sus anchas.
¿Hablemos de tu saga “Por qué murió Jesús” y su último tomo?
La organización general es: drama, escenario, protagonista y autor. El escenario y el drama están publicados. Este tercero, que está recién publicado, corresponde al protagonista, Jesús. Me falta el autor: Dios.
¿Cómo nació este proyecto?
Esto nació por casualidad. El año 1974 Pablo Fontaine organizó un pequeño grupo que se llamó
Formación de Líderes Cristianos Obreros, FOLICO. La idea era dedicarse a formar jóvenes católicos obreros en el ambiente de las poblaciones, como la Joâo Goulart en la periferia sur de Santiago. Pablo con más gente se dedicaron a organizar instancias de formación. Lo primero que organizaron fueron cuatro fines de semanas de formación, de viernes en la tarde a domingo en la tarde. Cada fin de semana se abordó un tema: uno personal con Javier Cerda, otro social-cultural-político; otro sindical, si no me equivoco y, por último, el tema de la fe que me pidieron a mí. Entonces, pensé: ¿en un fi n de semana qué se puede hacer? Biblia, me dije. Sobre todo nuevo
testamento que es el centro de la fe cristiana. Y me acordé de Beltrán en sus cursos de sagrada escritura en Los Perales. Dijo una vez algo que a mí se me quedó grabado como una imagen: “Los evangelios son relatos de la pasión con largas introducciones”. Claro, porque el centro está puesto en la Pasión, cumbre de amor de Dios manifestado en Jesús que entrega la vida. Enseguida dije: Tomemos los dos capítulos de la Pasión en cada uno de los cuatro evangelios y preguntémonos
¿por qué murió Jesús? Y así lo hicimos. Era un trabajo bonito, porque venían, por ejemplo, 24 personas que se repartían seis Marcos, seis Mateo, etc.
¿Qué les pedías?
La tarea era que cada uno leyera esos dos capítulos preguntándose ¿por qué murió Jesús? Qué dice el texto. Les decía: Hagan en el cuaderno una línea al medio y pongan: factor e influencia. ¿Qué factor dice el texto que tuvo influencia en la muerte de Jesús y qué influencia tuvo ese factor en la muerte de Jesús? Después dos parejas que leyeron Marcos se reunían para complementarse y para ver diferencias. Al final dos o tres parejas que leyeron Marcos hacían una síntesis para presentarla en el plenario. En esa instancia estaban todos los evangelios y ahí veíamos las coincidencias y diferencias.
¿Y qué pasó después?
Empecé a repetir esto con jóvenes universitarios, gente del mundo rural, campesinos. También lo convertí en un curso para la facultad y lo di en jornadas y a los postulantes. En 1983 tomé un año sabático y me fui. El Yayo (Eduardo Pérez Cotapos) quedó encargado de reemplazarme ese primer semestre. Tenía que hacer lo que hacía yo, y la única forma en que le podía traspasar este curso era escribiéndolo. Lo hice con la primera parte, y cuando vi lo redactado, dije: “Esto da para libro”. Esos fueron los primeros 8 capítulos del primer volumen. Ahí comencé y, bueno, son cuatro volúmenes ya. Tres escritos y uno por escribir.
Fernando Vives ss.cc., vicario episcopal de la zona cordillera
“Tres años y medio muy positivos”
Desde el primero de marzo de 2006 Fernando Vives Fernández ss.cc. (69) asumió la responsabilidad de ser vicario episcopal de la zona cordillera de la Iglesia de Santiago. Ya cumplió los 3 años que dura el cargo y ha renovado por uno, a la espera de la confirmación del nuevo arzobispo elegido el 2010. De esta experiencia “totalmente impensada” trata la siguiente entrevista.
Padre Fernando, ¿cuál fue su primera impresión al asumir el cargo?
Fue una tremenda sorpresa, porque jamás pensé en un cargo pastoral de esta naturaleza. Miraba a los demás vicarios, pero siempre era un asunto de otros.
¿Hubo algunos aprontes de la designación?
Tuve una primera advertencia cuando monseñor Ricardo Ezzati, obispo auxiliar de Santiago, reunió a los siete decanos de la zona con el encargo del señor cardenal de hacernos una consulta sobre una terna para reemplazar al vicario vigente. La terna incluía a los padres Julio Dutilh, Roberto Espejo, vicario del momento que cumplía seis años, y ¡yo!
¿Qué le pasó al oír su nombre?
Me sorprendí y reí. Pensé: “Esto no era para mí”. Entonces, monseñor Ezzati pidió opiniones. Inmediatamente dije que era religioso, que era impensado lo que estaba escuchando y que era cargo para un diocesano. Inmediatamente los otros decanos dijeron: “No, a nosotros nos parece que podría ser Fernando”. Yo quedé helado. Monseñor Ezzati tomó nota. Fue una advertencia. Pasó el tiempo y llegó el cardenal de Roma después de la canonización de Alberto Hurtado. Me llamó y me dijo: “Quiero que tú seas mi vicario de la zona cordillera”. Le respondí que en mi congregación me han formado para discernir la voluntad de Dios a través de mi superior
en un diálogo, por supuesto. Si a usted le parece esto, no puedo sino que decirle que sí, pero tiene que entenderse con mi provincial. Y monseñor Errázuriz fue a ver a Sergio Pérez de Arce. Y él con el consejo provincial aceptaron mi designación en octubre de 2005.
¿Este es un cargo de tiempo completo?
Al comienzo pedí seguir en la parroquia de La Anunciación como párroco, como un cable a tierra
para no estar en la cúpula de la Iglesia sin una base concreta. Y, ingenuo de mí, todo el año 2006 fui párroco y vicario. Y creo que no fui ni lo uno ni lo otro. O sea, los dos encargos pastorales los serví muy deficientemente. Y al año siguiente me dijeron con toda razón que fuera solamente vicario a tiempo completo. Me permitieron vivir acá, porque es una comunidad dentro de la zona.
Pero ¿alcanza a celebrar la eucaristía en La Anunciación?
De repente no más. Son 42 parroquias y cuatro de ellas consideradas personales: la italiana,
la latinoamericana, la polaca y la alemana. Estas tienen sedes, pero no son territoriales, ya que atienden a sus colonias. Con 42 parroquias voy domingo a domingo de una a otra.
Padre Fernando, ¿qué ha sido lo más complicado de este cargo y, a la vez, qué lo más satisfactorio?
Lo primero para mí, dada mi formación en la congregación, riquísima en los planos teológicos y pastorales, de experiencia de vida, y dado sobre todo mi caminar de 27 años en los sectores
populares, con los más pobres, lo más difícil y desafiante ha sido cómo traspasar a este sector esta
conciencia de la Iglesia en este territorio del barrio alto que concentra el poder económico, político, cultural; en definitiva, todo el poder. Estoy hablando en términos ordinarios, sin ninguna precisión, pero aquí está la gente que manda, la que tiene las empresas. Aquí vive. Entonces, cómo hacer que en este sector la palabra de Dios, la fe cristiana marque muy claramente la opción preferencial por los pobres. Cómo hacer que esta conciencia cristiana mire la otra realidad y pueda preocuparse, interesarse, acompañar, buscar la manera de servir a los más pobres. Estar siempre pensando cómo podemos hacer mejor las cosas para que ellos estén presentes en todas las dimensiones de nuestra pastoral. Con pobres muy concretos, económicamente en el sector u otros que también la Iglesia los va reconociendo como sufrientes, excluidos, etc., muy especialmente en el documento de Aparecida de la conferencia episcopal latinoamericana.
El riesgo es que todo quede en el discurso…
No solo eso. El discurso está en las grandes líneas de la pastoral y en los escritos de la jerarquía. Pero para que se haga carne y para que sea concreto no sólo en los sacerdotes, sino que en todos los agentes de pastoral y todas las comunidades cristianas, se tiene que hacer un trabajo a muy largo plazo que hay que estar marcando. Si no lo marcas solo queda escrito y se privilegian otras acentuaciones pastorales. Desde que asumí el cargo, en mi discurso inaugural, lo acentué muy claramente. Y la gente sabe que ese es mi ángulo.
¿Un segundo desafío?
Sí. Ese ha sido cómo motivar fundamentalmente a los sacerdotes en una línea de la Iglesia que vaya más allá de sus opiniones personales, de sus opciones como cura, de sus acentuaciones particulares comunitarias de congregación y también de los movimientos apostólicos. Cómo hacer que el clero esté acorde con las líneas pastorales de la Iglesia y las acentuaciones del Vaticano II, etc.
Y sobre lo satisfactorio, ¿qué puede decir?
Lo más enriquecedor ha sido el conocer realmente esta porción de la Iglesia con sus acentuaciones, sus riquezas, sus movimientos, su compromiso cristiano, que desconocía. Uno está en una parcela. Vive en una parroquia, en su congregación, y con la experiencia que ha tenido. Por supuesto, uno ha escuchado otras cosas, pero no ha palpado lo que pasa con otros carismas de la Iglesia.
¿Tenía algunos prejuicios?
Sí, claro. A mí me cuesta entender los últimos movimientos de Iglesia y las acentuaciones de estas acciones apostólicas. El Opus Dei y los Legionarios de Cristo solo los conocía de oídas. Yo los he podido conocer un poquito más desde dentro. Y en ese sentido equilibrar las opiniones al respecto. De reconocer valores y también ver que hay muchos desafíos y cambios a producir. Pero no solo en estos movimientos de Iglesia, sino que también en las comunidades parroquiales del barrio alto y de la parte más alta del barrio alto. Esto es muy distinto a lo que había vivido en las parroquias de la zona sur de Santiago y en Viña del Mar. Por ejemplo, el neocatecumenado lo conocía solamente de oídas. El estar celebrando sus pasos, escuchar a la directiva nacional, de la
zona cordillera, explicar los objetivos y la metodología, todo me dio no solo una profundidad en el conocimiento, sino que también un poder apreciar las riquezas que tiene y sus limitaciones. No te digo que soy sabio en esto, pero equilibró un poco más la visión que yo tenía de ellos. Reconozco que para mí ha sido una experiencia de gran valor, porque me he enriquecido. Ya no hablo de las visiones que yo tengo, sino de la experiencia, porque faltará apertura, pero lo que hay de riqueza como compromiso por Jesucristo, con la Iglesia, con la evangelización, con la misión, eso a mí me llega. Hace resonancia con mi propia práctica de vida, de fe y de encuentro con Jesús. Me complementa, me motiva. Creo que han sido tres años y medio muy positivos para mí.
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