Esa tarde en Santiago era para morirse de calor. Buscando un poco de sombra entré a una feria navideña y quedé impresionado de tanta cosa que se vendía: pelotitasdetodosloscoloresparaelarbolito, unrobotalqueseleencendíanlosojos, (pausa para respirar) helicópterosacontrolremoto, autitosdevariosmodeloselquemásmegustófueunmini, (pausa)
lucecitasparaelarbolitounasqueseapaganyseenciendenlentamenteotrasque-
pestañeanconunamúsicabienfeita, (pausa) muñecasquehablanyquelloranquesehacenpipíycacucaymuevenlosojitosycaminan.
Y, de repente, en la esquina de una vitrina vi un pesebre, con María y José y los pastores y los reyes y una vaca y un buey, todos mirando a un niño recién nacido. Y se me olvidaron laspelotitaslosrobotsloshelicópteroslosautitosylasmuñecas. Y me conmoví de nuevo por ese Dios tan misericordioso que se hizo una guagua hermosa y frágil para darnos la vida.
P. Alex Vigueras, sscc.
«Volver