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Comentario Dominical
Domingo, 20 de noviembre de 2011

“El pobre, sacramento de Dios

 

Domingo 34º del tiempo ordinario / Evangelio: Mateo 25, 31-46.

 

Con este domingo estamos concluyendo el tiempo común del año litúrgico. Situados hacia el fin de nuestro año calendario, nos viene bien este texto del evangelio de Mateo que nos estimula a preguntarnos por lo esencial que hemos hecho o dejado de hacer en este año 2011, y a dejarnos juzgar por la respuesta. Es hora de verificar (comprobar si es verdad) nuestra condición de creyentes en Jesús.

Nada será más revelador en nuestra vida cristiana que nuestra capacidad de compasión ante el que sufre. Leemos en la parábola de hoy que el criterio definitivo de ese “juicio final” no es otro que la actitud que hayamos podido tener ante el hambriento, el sediento, el sin abrigo, el sin casa, el enfermo o el encarcelado: o lo asistimos o lo dejamos de hacer. No se nos pregunta por nuestras habilidades o destrezas, ni por los logros en nuestras actividades, ni por los prestigios alcanzados en nuestras hazañas, ni siquiera por las normas cumplidas en nuestra religión. Se nos pregunta por el amor, por nuestra práctica de la compasión, por lo que nos pasó con el otro.

Esta compasión debe ser gratuita. Es decir, desinteresada.Vivimos en un mundo de escasa gratuidad. Muchas veces los “grandes” de este mundo utilizan la solidaridad para ser vistos y retribuidos, bajo el estímulo del consumismo y de la competencia. Será la tentación reiterada de muchos de ellos en la próxima Teletón, y se podrá entender que para varios de ellos una solidaridad anónima resultaría de muy mal gusto. Felizmente existe también esa solidaridad anónima, desinteresada, voluntaria, gratuitay mucho más verdadera, que sostiene la esperanza en un mundo diferente. Esa simple capacidad, sin estridencias, de reaccionar compasivamente ante el que sufre y no nos puede retribuir, es lo único que nos puede hacer más humanos. Quien acoge al pobre a Dios acoge, y quien lesiona al pobre a Dios lesiona.Es que el pobre es de verdad un sacramento de Dios.

 

 

Enrique Moreno, ss.cc.

 

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