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La transfiguración del Señor

Por Jorge Fuenzalida – Asesor CPJ Cordillera 

Dn 7,9-10.13-14; 2P 1,16-19; Mt 17,1-9

Este invierno viajé a La Tirana con intención de vivir la fiesta que se celebra el 16 de julio, a la que nunca había asistido. Partí al desierto solo, con un libro que me recomendaron: “El camino del corazón”. El libro hablaba de soledad, silencio y oración. Temas que para el mundo de hoy (y para mí, como hijo de este siglo) son ajenos y difíciles de digerir. Nos aterra pensar en la soledad, y estamos continuamente conectados, ya sea física o virtualmente, unos con otros. Me desespera el silencio, y necesito llenar los espacios vacíos con cualquier conversación, todo sea por evitar lo incómodo que es no decir nada. Cada vez buscamos más estar en la acción, sin quedarnos tanto en la oración. Y es muy entendible esto, sobre todo cuando es fácil ver lo lindo y bueno que hay en la compañía, la palabra y la acción. ¿Quién querría estar solo, callado y orante, cuando puede estar acompañado, dialogante y activo? Con eso, partí desde mi agitada ciudad de Santiago con rumbo a la árida pampa, al paraíso de la nada.

Volvamos al pasaje del evangelio que se nos presenta este domingo. En medio de una agitada vida de predicación y viaje, Jesús toma a sus discípulos y se los lleva solos al monte. Lejos de la multitud necesitada de esperanza, lejos del apresurado mundo del quehacer y de lo urgente. Al desierto, donde el vacío te lleva a encontrarte con lo único que hay: uno mismo. Ahí, en ese monte solitario, los discípulos pueden ver a Jesús de una manera distinta, y encontrar un misterio que hasta entonces les permanecía oculto. No vieron algo desconocido: Era el mismo Jesús, aquel que vieron tantas veces en lo cotidiano, en el cara a cara, en el caminar sencillo de todos los días. Era el mismo Jesús, la misma cotidianidad, que ahora veían y comprendían a la luz del silencio. De esta manera, al irnos nosotros al monte, a la oración y el silencio podemos reconocer lo bello y espectacular que hay en las personas y experiencias de todos los días, podemos profundizar y dar sentido a nuestra vivencia, a nuestro cariño sencillo y a nuestras pequeñas luchas. Pero era necesario ir al solitario monte para darnos cuenta.

La principal tentación es quedarse en eso, y no querer volver al mundo concreto, tan lleno de movimiento y urgencia. Les pasó en esta historia a los discípulos, que dijeron “qué bien que estamos aquí, hagamos tres carpas para quedarnos”. Qué ganas de quedarnos en lo calentito y lo tranquilo, de dejar esa incómoda lucha continua que tenemos que vivir, que no nos deja nunca. Pero Jesús no se queda en el monte, sino que vuelve “al mundo” con sus discípulos. Vuelve porque entiende que su oración y su encuentro con el padre están incompletos si se quedan solo en eso. Tiene que traducirse en una acción transformadora, en querer cambiar el mundo, en vivir el amor con los pies en el barro, codo a codo con todas las mujeres y hombres. Por eso, Jesús no se queda en la contemplación, sino que vuelve a bajar al mundo, para dar un sentido completo a lo que vivió en el monte.

Ahí, en el camino del desierto, empecé a asimilar un poco más la invitación a la contemplación, y qué significaba en mi vida cotidiana. Entendí (o creí entender) que, si buscaba un encuentro auténtico con los otros, este encuentro tiene que darse desde mi “yo” más auténtico, que encuentro también en mi soledad (así podría “compartir mi soledad”). Fui comprendiendo que el silencio puede comunicar tanto como las palabras, que la oración y la acción van complementándose mutuamente. Porque, a mi parecer, el Evangelio no nos llama a ser monjes que escapan físicamente al monte o al desierto para olvidarse de lo que pasa fuera. Por el contrario, nos invita a estar muy presentes en todas partes, llevando con nosotros siempre nuestro monte y nuestro desierto: que todo lo que hagamos esté teñido por nuestro encuentro con nosotros mismos y con el padre. Porque ni la acción ni la contemplación tienen sentido por sí solas: necesitamos que nuestra cotidianidad esté presente en nuestra oración, y nuestra oración esté presente en nuestra cotidianidad.

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