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† Fernando Domíguez Larraín ss.cc.
01 septiembre 1931 - 16 marzo 2006
Fernando partió inesperadamente a la Casa del Padre el jueves 16 de marzo. Había llegado a Santiago para descansar algunos días y visitar familiares, y mientras andaba en el centro de la ciudad haciendo algunos trámites, sufrió un infarto fulminante, falleciendo en la calle a las 19.15 horas. Sus funerales se realizaron en el templo de la Parroquia Jesucristo Misionero el sábado 18 y esa misma tarde su cuerpo reposó en la Cripta de la Iglesia de los SS.CC. de Valparaíso. La Eucaristía en Reñaca Alto fue un momento muy emotivo, en que numerosos pobladores, junto a amigos, familiares, sacerdotes del clero y hermanos y hermanas de la Congregación, expresaron con su oración, su canto, su llanto, su risa... la acción de gracias a Dios por este hermano sencillo y amigo de Jesucristo. En todos nosotros quedaron resonando las palabras del Señor, proclamadas ese día: Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Hijo de Fernando Domínguez Barros y Sofía Larraín Hurtado, Fernando nació en Santiago el 1 de septiembre de 1931, el primero entre 11 hermanos. Dos días después de su nacimiento, el 3 de septiembre, fue bautizado en la Parroquia Santa Sofía, con el nombre de Fernando José.
Realizó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio de los SS.CC. de Alameda. En 1949 ingresó al Noviciado de la Congregación, donde recibió el nombre religioso de Luis Fernando. Profesó sus primeros votos religiosos el 9 de septiembre de 1950, en Los Perales, y sus votos perpetuos tres años más tarde, el 25 de octubre de 1953, en Santiago. En 1958, el día 22 de marzo, fue ordenado diácono, y el 20 de noviembre de ese mismo año fue ordenado prebítero. Ambos ministerios los recibió en Valparaíso, de manos de Monseñor Rafael Lira Infante.
En sus primeros años de sacerdocio, Fernando permaneció en Santiago, sirviendo en el Colegio SS.CC. Manquehue y en la Gran Misión (1963). Durante 1965 y 1966 es vicario parroquial en Santa Inés, Viña del Mar, para trasladarse en 1967 a la Zona de Concepción, donde permanecerá por alrededor de 13 acompañando a diversas comunidades de la Parroquia SS.CC. En 1980 tiene un breve paso por la Parroquia San Juan Evangelista (Gómez Carreño), para dedicarse en el período 1981-1985 a diversos servicios en la Zona Sur de Santiago, principalmente ligados a la pastoral de matrimonios. En 1986 se traslada a Iquique, siendo obispo nuestro hermano Javier Prado, y permanece allí por tres años, acompañando especialmente la formación de comunidades en el zona andina. En 1989 reemplaza por un tiempo al párroco de la Parroquia Cristo Rey, de Buenos Aires, y desde 1990 a 1993 forma parte de la Zona de Valdivia, con especial atención a las comunidades de Lago Ranco. Durante 1994 y 1995 se unirá a la misión de los hermanos ss.cc. de Paraguay, en la Parroquia Nuestra Señora de Fátima (Presidente Franco), para facilitar la venida a estudiar a Chile de un hermano de la Región. Desde 1996 hasta la fecha de su muerte, estaba dedicado fundamentalmente a la atención de las comunidades de Reñaca Alto, primero como vicario parroquial de la Parroquia San Juan Evangelista y, desde 1999 -cuando se creó la nueva Parroquia- como vicario parroquial de Jesucristo Misionero.
La gran cantidad de lugares en que Fernando sirvió es un signo de su espíritu inquieto, de su auténtico afán misionero y de un cierto estilo pastoral menos ligado a las estructuras permanentes o demasiado planificadas. También es manifestación de su permanente disponibilidad para ir a lugares donde se necesitaba un apoyo sacerdotal y de un cierto aire de libertad que le hacía siempre estar listo para ofrecerse y partir donde la comunidad lo necesitara.
Los informes de personalidad del tiempo de su formación en el Escolasticado de Los Perales, ya destacan en Fernando rasgos que permanecieron durante su vida y que fueron un regalo para todos quienes lo conocimos: su carácter afable, alegre y comunicativo, su espíritu religioso muy bueno, dócil y celoso de su perfección, su piedad fervorosa, sencilla y sincera. También destacan una cierta timidez y falta de confianza en sí mismo, que a veces lo volvían dubitativo e inseguro; y su ingenuidad y poca concentración, siempre motivo de risas y de anécdotas divertidas que él mismo compartía.
Su vida religiosa y ministerial estuvo siempre marcada por una especial cercanía a los pobres y pequeños, a quienes visitó en sus casas, invitó a paseos, acompañó en el dolor y anunció el evangelio. Su amor a Jesucristo y su amor a los pobres se conjugaron no sólo en un servicio lleno de misericordia, sino también en su mirada crítica de las situaciones de injusticia y de la falsa religiosidad que pretende vivir al margen de esas situaciones. Un botón de muestra de esto lo vemos en una carta suya dirigida al obispo Camilo Vial, en 1992: Cada día que pasa me cuesta entender el cristianismo sacramentalista de muchos que no llegan a poner sus raíces en medio de los pobres... En otro tiempo la Iglesia se jugó por los Derechos de las personas que fueron atropelladas con torturas, pero hoy esas torturas continúan: salarios mínimos de hambre; trabajos escasos y esclavizadores; exigencias de trabajar en día Domingo y festivos con graves repercusiones familiares; venta indiscriminada de alcohol; pésima atención a la salud. Muchos torturadores actuales se creen 'buenos católicos' porque bautizan a sus hijos o se han casado por la Iglesia, o suelen ir a Misa (...) Dentro de poco se celebrará en Chile la canonización de Teresita de los Andes. Muy fácil hacer de esto un fervorín religioso sacramentalista y entonces nunca nuestra Fe será esperanza del Reino de Justicia, Verdad, Fraternidad, Solidaridad.
En las alturas
Por Bernardo Donoso
Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Artículo publicado el domingo 2 de abril en El Mercurio de Valparaíso
En las alturas de Reñaca, en el lugar de Viña del Mar que todos conocemos como Reñaca Alto, fue despedido el sábado 18 pasado el R. P. Fernando Domínguez Larraín SS. CC. Falleció cuando su corazón dejó de palpitar el jueves 16, caminando por una calle de Santiago. Más de cincuenta sacerdotes, reunidos en el altar de la parroquia Jesucristo Misionero, acompañados de una comunidad llena de vida, participaron de ese instante digno de relatar.
Fernando Domínguez era un sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones, congregación que está unida a la historia de nuestras ciudades, en las que ha sido pilar de la educación y del compromiso social. Su opción fueron los más débiles, los que no tenían casa ni trabajo, los que estaban solos en el desamparo, los que querían una oportunidad para vivir con dignidad. Los testimonios entregados durante la celebración de la santa misa de funeral dicen cosas extremadamente bellas de un hombre cuya vida fue solamente servir a sus hermanos.
El Padre Hurtado de Reñaca Alto fue una de las denominaciones dadas a este sacerdote. Con emoción y como la metáfora más clara posible para explicar su paso, una vecina del lugar le señaló. Ciertamente, esta afirmación nos dice mucho cuando hace tan poco tiempo tuvimos la oportunidad de saber más del santo chileno, con motivo de su canonización. Caminó por esas alturas cada día, visitó cada casa ya existente, ayudó a levantar la casa a quienes no la tenían, conoció a las personas por su nombre como un buen pastor.
Fernando Domínguez Larraín estuvo allí tan cerca cada día, dictando su cátedra de humanidad, en que el centro era la persona y su dignidad, siempre sostenido en su fe en Cristo. Los que le vieron caminar en las alturas conquistando espacios y construyendo capillas para acoger a la comunidad que cantaba con los coros que fue creando no podrán olvidar su modo sencillo al hablar y su donación permanente.
Estaba pasando unos días en Santiago en la casa de su congregación. Almorzó con sus hermanos sacerdotes y salió a caminar. Cuando el corazón deja de palpitarle, cae y su cuerpo no pudo ser identificado, pues no portaba documentos. Murió así, como NN, como si ello simbolizara el desamparo. La noticia entonces sorprende, después viene el dolor que empieza a ser acompañado del recuerdo de su transitar, hasta que finalmente la emoción de la despedida es enriquecida por la comprensión del significado de su existencia para esa comunidad concreta. Pocas veces había visto en mi vida una fuerza tan gigante, un espíritu de unidad tan tangible, como en aquella misa de despedida. Cada canto y el compromiso de todos y cada uno de los presentes eran una nota de alegría cristiana, un agradecimiento a Dios.
Tal vez un buen homenaje al padre Fernando sea recoger algunas de las palabras de la prédica dicha a la muerte del padre Esteban Gumucio, otro grande de su misma congregación. En efecto, también estamos todos un poco tristes y un poco alegres. Tristes porque su sonrisa se apagó y sus ojos ya no brillarán frente a nosotros. Alegres porque en el interior de cada uno, especialmente de aquellos que fueron sus cercanos y predilectos, su sonrisa no se borrará. Así también su mensaje principal sería ser como un niño delante de Dios, ser realmente humilde. No se tomó en serio para nada, se rió de sí mismo, reconoció alegremente sus defectos y nos regocijó a todos con sus interminable distracciones. También estuvo dentro del pobre. A cada uno le mostró un cariño particular.
Verónica nació el 16 de Septiembre de 1906 en San Felipe. Ingresó a la Congregación el año 1934, hizo sus primeros votos religiosos el 29 de junio de 1937 en Quilpue y el año 1941 sus votos perpetuos.
Era la mujer múltiple en sus servicios pasando por las comunidades de Valparaíso, Viña del Mar, Santiago, Villa Alegre, Gómez Carreño y en todas estas comunidades se destacó su creatividad y su disponibilidad.
Su caminar con el Señor en su Consagración, fueron años, de conquista y purificación en la convivencia fraterna, pero su conquista la logra gracias a su ideal reparador, el sello de los Sagrados Corazones la marcó, con la Adoración reparadora… y su gran preocupación y servicio a sus hermanas, especialmente a las enfermas…Verónica supo llevar la cruz, como fiel hija de nuestros Fundadores.
Su carácter más bien reservado, poco comunicativa, silenciosa y observadora, le permitió conocer a sus hermanas y lo demostraba en mil detalles de bondad y caridad… En los últimos años, fuimos testigos de la obra del Señor en ella, la fue modelando, según los sentimientos de su corazón… Su gran amor a la Virgen se reflejaba en los mil detalles de su vida…
Hoy al despedirla guardamos de ella esta imagen de paz, de bondad de acogida y sonriente, siempre rezando por cada una… Damos gracias al Señor por estos cien años de vida y de sus setenta y dos años en nuestra familia religiosa, damos gracias al Señor por lo que aprendimos de ella y también por aquello que no supimos descubrir, en sus años de amor y servicio a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Sin lugar a dudas son ellos quienes la acogen en la morada que le habían reservado con Amor.
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