Pastoral Vocacional

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El cura diocesano
Por Eduardo Howard, presbítero

El cura diocesano es el sacerdote de la diócesis -no pertenece a ninguna congregación, no tiene «padre fundador», no hace «votos», es simplemente cura, al servicio de la Iglesia Diocesana en obediencia a su Obispo.

El origen del cura está en la institución del ministerio sacerdotal que Jesús hace en la Última Cena, cuando después de consagrar el pan y el vino, transformándolos en su Cuerpo y su Sangre, dice «hagan esto en conmemoración mía». Por eso, su ideal es imitar a Jesús Buen Pastor, dando su vida por el rebaño que se le encomienda, normalmente en una parroquia. Ahí se santifica en el ejercicio de la caridad pastoral, es decir, entregándose por entero al servicio de la comunidad: de adultos y niños, de ancianos y jóvenes, de enfermos y necesitados, de todos los que lo requieran y de aquellos que están lejos de Dios. Esta misión no lo desliga de una fuerte y permanente relación con su familia en quienes encuentra un apoyo para su vocación.

El Obispo, como tal, es el único sacerdote en la diócesis -porque tiene la plenitud del ministerio sacerdotal- y para llevar a cabo su misión, delega en los curas, sus más directos colaboradores, la triple misión de enseñar, pastorear y santificar. El cura es un hombre llamado por Dios para esa misión. Es ungido por el Espíritu Santo el día de su ordenación y está en la Iglesia como Jesús: Cabeza y a la vez Esposo de la comunidad.

La vocación del cura diocesano surge normalmente de entre los jóvenes más comprometidos como agentes pastorales, ya sean animadores de Confirmación, ACN, Acólitos, Misioneros, actividades solidarias, etc., actividades que hacen detonar un gusto por las cosas de Dios, un fuerte deseo de encuentro con Jesús, una inquietud por ayudar a los más pobres, y un deseo profundo de que los demás vivan esta experiencia. Quienes tienen algunas de estas características, normalmente se plantean la inquietud por su proyecto de vida y la voluntad de Dios para ellos. Sienten en el corazón una fuerte inquietud que los lleva a conversar con algún sacerdote y a iniciar un tiempo de discernimiento que no significa ningún compromiso ni decisión, sino buscar la ayuda necesaria y experimentada para crecer y madurar en la fe y así decidir libremente de qué manera seguir a Jesús.