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Distintas Vocaciones
La vocación del laico
Sal de la tierra y luz del mundo
Por María Angélica Llona
Cuando hablamos de Iglesia, generalmente pensamos en la jerarquía, es decir, papa, obispos, sacerdotes. Se nos olvida que los laicos formamos parte de la Iglesia. Somos Iglesia. Al incorporarnos a ella por el bautismo, nos hacemos partícipes del oficio real, sacerdotal y profético de Cristo. Esta afirmación del magisterio eclesial, nos lleva a meditar cuál es nuestra vocación y misión dentro de la Iglesia y el mundo.
Oficio real: Jesús ejerció la realeza como servicio. Si nos decimos cristianos, es decir, seguidores de Jesús, deberíamos vivir la vida como servicio a los demás. Entender nuestro trabajo, cualquiera que sea, como un servicio. Y esto en nuestra vida cotidiana. Hay que tener cuidado de no encerrarnos en estructuras eclesiales, sea parroquia o movimientos. No por desestimar nuestro trabajo en esos ámbitos, sino para no olvidar que nuestra misión se extiende más allá de las estructuras, ya que lo específico del laico es justamente actuar en el mundo.
Oficio Sacerdotal: Jesús se ofrece a sí mismo en la cruz e instituye la eucaristía como signo de esa entrega. Nosotros podemos ofrecer nuestras vidas, nuestros trabajos, penas y alegrías, pero sobre todo ofrecernos nosotros mismos en una entrega a los demás. Podemos “consagrar” el mundo en que nos toca vivir.
Oficio profético: Jesús viene a anunciar que con él se inaugura el Reinado de Dios. Y lo hace con su palabra y con sus actos. Como laicos seguidores de Cristo, tenemos la obligación de proclamarlo con la palabra y con los hechos. Ser testigos de Jesús. Que se note que somos cristianos y esto se traduce fundamentalmente en el amor a Dios y al prójimo, que a mi juicio engloba estas tres dimensiones que hemos analizado.
Si tomamos el Evangelio, lo primero que salta a la vista es que se nos pide ser sal de la tierra, luz del mundo (Mt 5,13-16). Antes decía que lo propio del laico es vivir en el mundo. Esto implica que nuestra misión debe desarrollarse en cada una de las ocupaciones y trabajos de la vida secular, en las condiciones ordinarias de la vida familiar, social, cultural, política etc. Pongo énfasis en esto, porque es aquí donde se nos presentan los desafíos a nuestra vocación. Por experiencia propia, y haciendo un “mea culpa”, veo cuantas veces por evadir un posible conflicto, no he sido capaz de defender mi posición cristiana frente a determinados temas y he optado por quedarme callada. A menudo no somos capaces de asumir el ser luz del mundo. Escondemos la lámpara bajo la mesa, como dice el evangelio.
Nuestro mundo actual está marcado por la indiferencia religiosa (secularismo), por la falta de respeto hacia la vida y hacia la persona humana, por el individualismo, por el consumismo, por la injusticia, por las ansias de poder que llevan a la guerra. Cuando pensábamos que situaciones como las vividas en la primera mitad del siglo ya estaban superadas, nos encontramos con (...) otras tantas atrocidades. Uno se pregunta: ¿Y dónde estamos los cristianos? ¿Qué hemos hecho para buscar y ayudar a otros a buscar el Reino?
Creo que cada uno, en su propio ambiente, puede aportar un grano de arena para dejar un mundo un poco mejor que el que recibió. Nuestra tarea es grande y no es fácil, pero deberíamos confiar en la promesa de Jesús: “Yo estoy con Uds todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
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