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La Consagración a los Sagrados Corazones
Patrick Bradley, superior general 1982-1994

No sorprende que nuestras Constituciones citen esta afirmación del Buen Padre: expresa todo el fundamento de nuestra vocación religiosa ss.cc. Nuestra consagración tiene su propio matiz: estamos consagrados a los Sagrados Corazones. El centro, la raíz de nuestro carisma es el Corazón de Jesús y el Corazón de María . Necesitamos comprender lo que ello significa, si queremos entender y vivir nuestra espiritualidad hoy, y deseamos ser fieles a nuestro carisma fundacional.

El Corazón de Jesús
"Los elementos esenciales de la devoción al Sagrado Corazón pertenecen de forma permanente a la espiritualidad de la Iglesia...”. El Papa insiste en la necesidad de "encontrar los medios más aptos para presentar y poner en práctica esta devoción, de forma que el hombre de hoy, con su mentalidad y sensibilidad propias, pueda descubrir en ella la verdadera respuesta a sus interrogantes y expectativas"(1) .

El P. Arrupe, en su última comunicación a la Compañía, el (6/2/81), explicitaba su convencimiento de que "hay pocos signos de renovación espiritual de la Compañía tan claros, fuertes y extendidos como la devoción al Corazón de Jesús. Nuestro ministerio recibiría un nuevo impulso vivificador, y pronto veríamos resultados en nuestra vida personal y en las actividades apostólicas. Si buscáis una orientación de quien ha vivido 53 años en la Compañía y, de ellos, casi 16 como General, diría que en la devoción al Corazón de Jesús se encierra, escondida, una fuerza extraordinaria. Cada uno tiene que aprender - si todavía no lo ha hecho - a profundizar en esta devoción y aplicarla a su vida personal, en la forma en que el Señor se nos manifiesta y ofrece en dicha devoción. Se trata de una gracia extraordinaria que Dios nos ha concedido".

Cuando hablamos de la consagración y devoción al Sagrado Corazón, es claro que no nos referimos a prácticas piadosas, como podría haberse entendido hace 50 años. Esta devoción ha asumido formas varias en su historia. Algunos de sus elementos esenciales integran la espiritualidad permanente de la Iglesia, pero sus formas y prácticas externas han cambiado y seguirán cambiando. Toda forma auténtica, sin embargo, lleva consigo una relación con la persona de Jesucristo, que nos ama con amor humano y divino y nos pide una respuesta de amor.

Ahora tenemos una comprensión mucho más rica y profunda de lo que entendemos por Sagrado Corazón. La teología ha evolucionado traduciendo las categorías devocionales de otras épocas en orientaciones espirituales más integradoras y adaptadas a nuestro tiempo; vemos en el Corazón de Jesús el símbolo del amor de Dios hecho carne; hablamos del amor de Dios presente entre nosotros de una forma casi palpable, que nos desafía a que amenos a la humanidad con este mismo amor y bondad incondicionales.

La encarnación es como la "humanización" del amor de Dios, que ha tomado forma de amor humano en la persona de Jesús.Para Jesús, el amor de Dios es su "corazón", el centro de toda su actuación y actitudes expresadas en el Evangelio: compasión, perdón, acogida, preocupación por el pobre, por el pecador y por no excluir a nadie. Todo ello tiene una raíz: el amor de Dios hecho presente en el mundo en el amor humano de Jesús. Nadie afirma que Dios tiene un corazón en cuanto órgano físico. Sin embargo decimos elocuentemente que "los pobres están cerca del corazón de Dios". La espiritualidad del Corazón de Jesús supone una evolución en la devoción al Sagrado Corazón.

Hoy día somos más conscientes de que el amor de Dios es completamente gratuito. Dios no es misericordioso gracias a Jesús. El hombre Jesucristo, el Mediador, no ha transformado a un Dios de ira en un Dios de misericordia. Acontece, más bien, lo contrario. El amor de Dios es la causa de la encarnación y obra salvífica de Cristo (y no viceversa). "Dios amó de tal modo al mundo, que le envió a su Hijo... Dios nos amó primero. El amor de Cristo y su obra salvadora son fruto del amor de Dios por nosotros.

Nuestra consagración es una llamada de Dios, pero con el estilo que le viene dado de la espiritualidad del Sagrado Corazón; estamos llamados a vivir en una actitud constante de gratitud y esperanza, pues tenemos conciencia permanente del amor absoluto e incondicional de Dios. Podemos ver nuestro carisma maravillosamente dicho en una frase de la Sagrada Escritura: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (1 Jn. 4,16). Una cosa es aceptar estas palabras a nivel teórico, y otra hacer de ellas el fundamento de toda nuestra vida. Necesitamos fortalecer constantemente nuestra total seguridad en el amor "que sobrepasa todo conocimiento" (Ef. 3,19); éste es el amor que estamos llamados a "contemplar, vivir y anunciar al mundo" (Art. 2); el amor que nos ha redimido, que nos ha fascinado y ha hecho de nosotros unas "nuevas creaturas", un amor que nos permitirá ver la vida con una mirada totalmente nueva.

"Desde su comienzo, la Iglesia ha mirado al Corazón de Cristo, traspasado en la Cruz... como un símbolo particularmente expresivo del amor de nuestro Redentor" (2) . Cuando hablamos del Corazón traspasado, nos referimos a la persona de Cristo y al profundo amor que brota de su Corazón, hasta el extremo de su total entrega personal. Los Padres de la Iglesia y los místicos de la Edad Media vieron en su costado abierto no sólo una herida sino una puerta abierta a nuestra redención, que nos lleva a descubrir el misterio del amor de Dios; entramos en lo más profundo del Corazón de Cristo, que se sacrificó a sí mismo por nosotros - hasta la muerte - y no teniendo ya nada que ofrecernos, inclinó su cabeza y murió.

Necesitamos contemplar este misterio sorprendente y llegar hasta la realidad simbolizada por el Corazón traspasado de Jesús. "Mirarán al que traspasaron" (Jn, 19,37). ¿Habéis sentido alguna vez el corazón de otra persona y experimentado la alegría de su amor por vosotros y la confianza mutua que de él nace? Contemplar este amor por nosotros y comprender su “anchura y largura, altura y profundidad" puede ser una fuente de alegría, de fortaleza y de fruto abundante en nuestra vocación.

Juan Pablo II señala que el Antiguo Testamento emplea dos expresiones principales para describir el amor misericordioso de Dios: “hesed”, que indica una actitud profunda de "bondad" y una fidelidad a sí mismo y a su alianza de amor, incluso cuando su amor no es correspondido; un amor que se da, una gracia más fuerte que el pecado: así es Dios. El segundo vocablo del que se sirve el Antiguo Testamento para definir la misericordia de Dios es “Rahamim”; indica el amor de una madre, amor totalmente gratuito, no fruto del mérito sino de una necesidad interior. El Santo Padre nos dice que, en el Antiguo Testamento, éstos y otros términos convergen en un único contenido fundamental para expresar la riqueza trascendental de la misericordia y del amor de Dios y al mismo tiempo acercarla a nosotros. ¡En una palabra, no hay fronteras para su amor! El Santo Padre nos recuerda que "la misericordia es el contenido de la intimidad con el Señor, el contenido del diálogo con Él"; tomamos conciencia de su inmenso amor por nosotros, no sólo a pesar de nuestra debilidad, sino a causa de ella, una conciencia que nos conduce eficazmente a la conversión (3) .

Si tal es el mensaje del Antiguo Testamento, será acercándonos a Cristo en el misterio de su Corazón como descubriremos, asimilaremos e integraremos, como parte de nuestro ser, la inmensa compasión de Dios, vivida y revelada por Jesús en el Nuevo Testamento. Empezaremos a conocer la intensidad de aquel amor que rompió su Corazón, llegando al momento cumbre en la Cruz del Calvario, donde Jesús se entregó, para que tuviéramos vida. "Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en El la elocuencia de la solidaridad con la suerte humana... " dimensión divina del misterio pascual llega sin embargo a mayor profundidad aún. La cruz colocada sobre el Calvario, donde Cristo tiene su último diálogo con el Padre, emerge del núcleo de aquel amor, del que el hombre ha sido gratificado ... Creer en el Hijo crucificado (nosotros podemos decir, creer en el Sagrado Corazón), significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos" (4) .

Esto es de gran importancia para el mundo moderno. El mundo entero busca seguridad, 1a historia del hombre es la historia de su necesidad de amar y de ser amado, la búsqueda de su sentido y de su destino. Tenemos una buena noticia, una gran alegría para proclamar a este mundo que tanta necesidad tiene de ver encarnada la fe.

Amor personal

"Sólo Dios puede amar a una multitud infinitamente, apasionadamente y personalmente. Un hombre sólo puede alcanzar este amor mediante el sufrimiento y la muerte" (5). Nos referimos a aquel profundo amor personal revelado en Jesús, al amor que Dios tiene por cada uno de nosotros como personas y por todos como pueblo suyo, un amor del que podemos fiarnos totalmente. Hablamos de una religión del corazón, de la importancia de cada rostro y de cada nombre, del destino de cada persona ante un Dios que nos ama a cada uno y nos permite sentirnos preciosos a los ojos de nuestro Dios.

"Te he llamado por tu nombre, tú eres mío... eres de gran precio a mis ojos y yo te amo" (Is. 43:1,4). "En mis palmas te llevo tatuada" (Is. 49,16). Se trata de la personalización de la relación Dios-yo. No intimismo. Si hablamos de amor, éste tiene que ser personal. Corremos el riesgo de convertirnos en ideólogos, haciendo ideología de nuestra fe. (Quienes hablan demasiado fácilmente de intimismo, sobrevaloran con frecuencia el sistema. A veces, la teología puede resultar despersonalizada y exageradamente objetiva).

Nuestra vocación nos invita a entrar en una relación de corazón a corazón, de persona a persona, con una persona muy concreta, Jesús, que ahora es Cristo. "En su Corazón aprendemos a conocer el sentido genuino y único de nuestras vidas y destino" (6). Ciertamente, El nos hablará en el silencio de nuestros corazones e iremos adquiriendo una mayor seguridad de su amor. "Su Corazón traspasado es una fuente inagotable de la divina caridad que perdona, regenera y restaura la vida"(7) .

Al entrar en el misterio personal de Jesús, en su vida interior, en un continuo diálogo de amistad, ahondaremos en la experiencia de un Dios "rico en misericordia", a quien Jesús nos revela como Padre, pues es su Hijo predilecto quien lo revela y nos lo da a conocer. De ahí que nuestra consagración al Sagrado Corazón pueda ser una experiencia tan rica de liberación.

Amor incondicional

Nuestra vocación es contemplar, vivir y anunciar este Amor al mundo (cf. Art. 2). En realidad, nosotros no comprendemos el amor infinito e incondicional. Nos resulta difícil hacernos una imagen del mismo, desde nuestras categorías humanas. Hay cientos de textos en las Escrituras que lo afirman, y, sin embargo, se nos hace difícil asimilarlo y comprenderlo. Corremos el peligro de quedarnos perdidos en las palabras y así los textos no son sino simples textos. Sólo a la luz del Espíritu, cuando contemplamos a Jesús, que es amor en la carne, podemos comenzar a hacer del Amor incondicional de Dios el fundamento de nuestras vidas. Necesitamos descender a un nivel profundo, donde escuchemos a su Corazón que nos habla, si queremos"buscar asilo asiéndonos a la esperanza que tenemos delante" (Heb. 6,18); así iremos fortaleciendo nuestra habitual confianza en el amor y misericordia, de Dios, que nos permitirá vivir con una gran libertad. Estamos llamados no sólo a contemplar, sino también a vivir apoyados en la absoluta fidelidad de Dios. "Si le somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo" (11 Tim. 2,13).

Me he visto frecuentemente impactado por madres que creen, aceptan, perdonan y acogen a un hijo descarriado, cuando éste, tal vez, les insulta, ataca y rechaza. ¡Este hijo pródigo recibe incluso más atención y cariño que el resto de los miembros de la familia! Cuando este hijo intuye el gran amor de su madre, inicia el camino de la conversión. Encontramos aquí un reflejo de la gratuidad, compasión y ternura del Corazón de Cristo por nosotros. "Pues aunque la madre se olvide del hijo de sus entrañas, yo no te olvidaré" (Is. 49,15). Si el Dios revelado por Cristo es un Dios de amor apasionado, que todo lo soporta y perdona, sin duda alguna, un amor semejante puede suscitar una respuesta positiva en el más duro pecador de entre nosotros. Si el amor humano, siendo débil e imperfecto, puede ablandar los corazones endurecidos, cuánto más su Amor perfecto vencerá toda suerte de resistencias. (El gran teólogo Hans Urs von Balthasar afirma que está dispuesto a citar textos y más textos de grandes místicos para justificar el derecho a confiar en que Dios, con toda seguridad, salva a todos los hombres del peligro del infierno, ¡incluso a Judas, Hitler, Stalin!). El "Cazador del Cielo" (The Hound of Heaven) nos perseguirá sin desfallecer y así, al final, "todos estarán bien y todo quedará en orden" (Bl.Julian of Norwich).

Necesitamos caer en la cuenta de que Dios ve lo que hay en nosotros y, sin embargo, nos ama infinitamente más que nosotros mismos, con compasión y ternura, con un amor que nos salva - amor redentor -; no importa la frecuencia con que le ofendamos u olvidemos, su Corazón está abierto para nosotros y somos "pecadores perdonados". "Donde proliferó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom. 5,20). Nos educamos creyendo que el amor se merece; va contra toda la tradición bíblica del amor gratuito de Dios por nosotros. Hemos de estar convencidos de que El nos ama; ¡no convencerle a El para que nos ame! ¡No tenemos que suscitar el amor ni podemos merecerlo; nada podemos hacer para que nos ame más de lo que nos ama! ¡No se exigen condiciones!

"El amor existe por esto: no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque él nos amó a nosotros, (1ªJn. 4,10). Apoyamos nuestras vidas en su alianza de amor para con su pueblo. Estar consagrado al Sagrado Corazón significa tener fe en el amor de nuestro Padre, revelado en Jesús, y poner una total confianza en Él. Podemos confiar en aquella "fidelidad radicada en el corazón de las cosas" (G. M. Hopkins). Nosotros somos sus hijos (e hijas) en quien El se ha complacido". ¿Lo creemos de verdad? Tengamos confianza en que Dios nos acoge gratuitamente tal como somos. Este es el gesto básico de fe: la confianza puesta en Aquel de quien todo, incluso nuestro ser, lo recibimos como don. Pongamos la confianza en que somos sus hijos. La gran mentira consistiría en creer que llegamos a Dios a través de nuestra propia perfección; es más bien verdad lo contrario: llegamos a El a través de nuestra debilidad; no hay nada que temer: éste es el misterio de la Buena Nueva. Vino a buscar a los pobres, débiles, pecadores: éste es el misterio del Sagrado Corazón.

Creo que la mayor parte de nosotros podemos decir con verdad que hemos tenido experiencia de su bondad en nuestras vidas. Podemos cantar sus alabanzas por tantas bendiciones. Muchos veces nos hemos quedado admirados del modo en que, a pesar de nuestras luchas, hemos experimentado su presencia en nuestras vidas a lo largo de los años. ¡Cuántas cartas he recibido, en estos últimos años, de hermanos que celebran jubileos, maravillosos testimonios de la acción amorosa de Dios; hermanos llenos de gratitud y admiración por la bondad de Dios durante sus años de vida religiosa, a la vez que confiesan su indignidad! "Dios permanecerá fiel, aunque nosotros seamos infieles". Sí, podemos tener fe en que la vida mantendrá su promesa. Podemos confiar en nuestra experiencia de Dios. Podemos fiamos de sus planes para con nosotros. Podemos creer en su Providencia. Nos podemos abandonar totalmente a su amor.
Este es el significado de nuestra consagración al Sagrado Corazón: una forma completa de vivir y estar en el mundo. Una vez que el Amor ha echado raíces en nosotros, vemos el mundo con ojos diferentes. Sólo si nos adentramos en las Sagrados Escrituras, si volvemos una y otra vez a la Palabra de Dios, irá creciendo dentro de nosotros esta actitud de total confianza. No es extraño que la "lectio divina" ocupara un lugar tan central en la vida de los monjes.

El Corazón de María
"María ha sido asociada de una manera singular a este misterio de Dios hecho hombre y a su Obra salvadora: es lo que se expresa en la unión del Corazón de Jesús y el Corazón de María" (Art. 2).

No estamos consagrados sólo al Corazón de Jesús. Reconocemos la unión indisoluble entre el Corazón del Hijo y el de la Madre, comprometidos como están en el plan salvador de Dios; "María pertenece indisolublemente al misterio de Cristo" (8). Sin ella no hubiera acontecido la Encarnación; de ahí que nuestras primeras Constituciones insistieran en que estamos llamados a "extender la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María"(9) . " Ya en la "Oración al Corazón de María", compuesta por el Padre Coudrin hacia el año 1800, leemos: "Por ti, amable y dulce María, pasando por tu Sagrado Corazón, llegaremos con seguridad hasta el Adorable Corazón de tu Divino Hijo"(10) . En su Circular del 14/4/1817, escribía el Buen Padre: "Recordad, queridos hermanos y hermanas, que, después del adorable Corazón de Jesús, debemos honrar de manera especial al Corazón de María... Dejémonos consolar en nuestras penas, que María es y será siempre nuestra protectora y ayuda y siempre tendremos parte en el amor de su Corazón" (11) .

Podría seguir citando otros muchos textos pertenecientes también a la Buena Madre; basta consultar Cuadernos de Espiritualidad Nº 10 (375-428), donde se publica una selección representativa. No hay duda de que "tenemos como herencia una filial devoción a María " (Art. 59); de hecho, la fe en su amor ha sido siempre una dimensión especial de nuestro carisma. Ella nos ayuda a comprender la profundidad del amor de Cristo y a entrar en su vida interior. María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo (12) . El Corazón de María entró en las profundidades del Corazón de Jesús. Conoció íntimamente a su Hijo. ¿Quién mejor que una madre para conocer y amar a su hijo? No modeló únicamente su cuerpo, sino su mente y su corazón. Pensamos en la influencia sobre su Hijo y en el papel de cuidado amoroso que jugó en su vida. ¡Qué profunda comprensión entre Jesús y su madre! Ella le amó de tal manera que no eran sino uno, los Corazones de Jesús y María, y "así no tenían sino un solo corazón y una sola alma". Ella era verdaderamente “un testigo singular del misterio de Jesús" (13) .

"María su Madre, modelo de fe en el Amor, nos precede en el camino y nos acompaña para entrar plenamente en la misión de su Hijo" (Art. 3). "Fue la primera en creer..., siguió a Jesús paso a paso en su maternal peregrinación de fe" (14) . En palabras de Juan Pablo II, "María es la más viva imagen y el ejemplo más perfecto de discipulado y de consagración al Señor: la Virgen pobre y obediente, escogida por Dios y entregada totalmente a la misión de su Hijo". Podemos observarla en el Evangelio y aprender de ella a confiar, a ser dóciles, a escudriñar la Palabra de Dios. La respuesta de María al misterio fue "conservar el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior" (Lc. 2:29,51). Ella escuchaba, acogía la Palabra en su Corazón: he ahí la dimensión contemplativo de su vida.

María responde a la Palabra con su vida y con su fiat - "he aquí la esclava del Señor" -: ésta es su opción fundamental. Permanece atenta a la acción de Dios, reflexiona sobre su experiencia y se rinde totalmente, abierta a lo que Dios quiera pedirle. "Una espada atravesaría su corazón": profecía que se cumplió, cuando permaneció al pie de la Cruz en el Calvario, unida al sacrificio de su Hijo. Siempre fue una mujer de gran confianza, viviendo en una disposición de total entrega - "Hacedlo que El os diga... Que se cumpla tu voluntad" -, y en la actitud de acción de gracias y alabanza expresada en el Magnificat.

"Estamos llamados a entrar con Jesús y como María en el designio del Padre de salvar el mundo por el amor" (Art. 13). Ella nos ha mostrado que podemos entrar activamente en el misterio de salvación, sin necesidad de grandes obras externas, identificando nuestros corazones con la misión de Jesús. En el Corazón de María podemos descubrir "el camino por excelencia" de seguimiento de Jesús, en la actitud del siervo; es el camino del amor profundo y fiel.

El Corazón de María acogió el "don de Dios", y se ofreció a colaborar con la acción amorosa de Dios en el mundo. En compañía de María, estamos llamados mantener una profunda relación con Jesús, entrando en el misterio de su amor, penetrando en él y viviendo de él (15) . A ejemplo de María, estamos llamados a mirar "al que traspasaron" (Jn. 19: 37). Su corazón está en total sintonía con el de Cristo: por eso los vemos unidos, los veneramos con un mismo amor y a ellos nos consagramos.

María, la Reina de la Paz, es una figura muy actual, una mujer para nuestro tiempo. Con cualquier criterio que adoptemos, María está entre los pobres, los sin poder o irrelevantes. Una mujer pobre de una ciudad insignificante. La gente importante de su tiempo no se fijó dos veces en ella. Pero mantenía una gran libertad interior. Creía totalmente en el Dios de paz. Sabía que su poder y su amor no tienen límite. De ahí le venían la libertad y la fuerza para aceptar su papel de Madre de Dios. Ella nos muestra la profunda libertad de todo ser humano: la libertad de hacer la voluntad del Padre. En definitiva, ésa es la libertad que interesa. Nos enseña que, a pesar de lo oscura que pueda ser nuestra situación en un mundo tan inseguro, el Dios de la paz está dentro de ella. La paz nace de la armonía con el plan de Dios. Por eso María es el modelo de libertad y la Reina de la Paz.

Generalmente la historia viene interpretada en términos patriarcales y masculinos. Fuimos creados como "hombre y mujer". Dios es tan masculino como femenino. El Evangelio necesita la imagen de María para ser completo. Nosotros necesitamos la presencia de María para dar rasgos femeninos a la Iglesia, para que nos enseñe a amar. María representa la “presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios" (16).

Los feministas, después de abandonar momentáneamente la figura de María como modelo para nuestro tiempo, ven ahora en ella a una mujer que juega su papel contra las discriminaciones de una sociedad patriarcal. Principalmente en América Latina, María aparece como portadora de liberación. El Magnificat es un texto fundamental de la teología de la liberación.

Pablo VI expresó maravillosamente esta dimensión liberadora de María en "Marialis Cultus" Nº 37: “María de Nazaret, aun habiéndose abandonado a la voluntad del Señor, fue algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisa o de religiosidad alienante, antes bien fue mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo; reconocemos en María, que sobresale entre los humildes y pobres del Señor, una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio (Mt. 2:13-23): situaciones todas éstas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad".

María, como madre, nos lleva en su corazón. "La maternidad de María es un don que Cristo nos hace personalmente a cada uno... La maternidad siempre establece una relación única e irrepetible de madre a hijo y de hijo a madre"(17) . "La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora" (18) . Nuestras nuevas Constituciones expresan de nuevo nuestra consagración a María, presentándola como Madre nuestra y modelo de fe. Nos precede y acompaña en el seguimiento radical de su Hijo para que entremos más plenamente en su misión.
Aunque no haya nada nuevo en las reflexiones precedentes, les he dedicado bastante espacio por el lugar central que ocupan en nuestra vocación. He intentado recoger en palabras sencillas la motivación, los valores y el espíritu con que los ss.cc. deseamos vivir nuestra vocación hoy. Estamos consagrados a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Es una espiritualidad de esperanza y agradecimiento, muy apreciada por el pueblo de Dios; en cierto sentido, parecen reconocer en nuestro carisma una cordialidad -que brota del corazón- y una humanidad con las que desean identificarse. Parece encerrar un mensaje especial para quienes luchan entre fracasos, debilidad y pecado, y para quienes sufren la pobreza, cualquier tipo de marginación e incluso la persecución: a pesar de todo, se puede seguir creyendo y es posible esperar contra toda esperanza, pues Dios es amor y su amor triunfará definitivamente.

 "De esta consagración a los Sagrados Corazones deriva nuestra misión: contemplar, vivir y anunciar al mundo el Amor de Dios encarnado en Jesús" (Art. 2). Contemplación significa vivir desde nuestra propia interioridad; descender a lo más hondo de nuestro interior, más allá de nuestros pensamientos, sentimientos o imágenes, donde Dios mora, - el Dios Amor -, y donde nos descubrimos a nosotros mismos "ocultos con Cristo en Dios". Allí tomaremos conciencia de nuestro ser en Dios. Descubriremos que somos profundamente amados antes siquiera de que podamos dar o recibir amor. Cuando entramos en contacto con ese Primer Amor, cuando volvemos a la fuente que hay dentro de nosotros mismos, encontramos la libertad. Sólo entonces podremos vivir el dinamismo del amor salvador, sólo entonces podremos vivir nuestra vocación y misión reparadora en todas sus dimensiones: es nuestra respuesta de amor a su amor.


P.Patrick Bradley ss.cc.
Notas:
(1) Juan Pablo II, Carta al P.H. Kolvenbah S.J. 5/10/86.
(2) Ibid.
(3) Cf. Dives in Misericordia, 4.
(4) Dives in Misericordia, 7.
(5) Pablo Fontaine ss.cc., Los Pobres y el Corazón de Dios.
(6) Juan Pablo II, 10/06/91.
(7) Juan Pablo II, 10/06/91.
(8) Redemptoris Mater, 17.
(9) Cf. Capítulo Preliminar, art.6.
(10) Cuadernos de Espiritualidad 10, n.403.
(11) Id., n.391.
(12) Redemptoris Mater, 17.
(13) Redemptoris Mater, 26.
(14) Ibid.
(15) Regla de Vida, 80.
(16) Puebla, 1979, 291.
(17) Redemptoris Mater, 45.
(18) Marialis Cultus, 57.