¿”Sagrado Corazón” o “Corazón de Jesús”?
La devoción al Sagrado Corazón hoy.
Eduardo Pérez-Cotapos ss.cc.
Publicado en revista Mensaje Nº 469, Junio 1998.
La devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha conocido una amplia difusión en la Iglesia Católica de los últimos siglos; pero en el presente vive un período de crisis, que nos invita a preguntarnos por su validez actual. Al parecer, el epicentro de la crisis de sitúa en lo que podemos llamar la «devoción al Sagrado Corazón», con todo lo que ella implica de construcción teológica, pero sobre todo de prácticas religiosas y de imágenes. Una devoción es una síntesis en la cual se entrecruzan concepciones teológicas con expresiones plásticas y practicas religiosas. Basta recordar la clásica imagen del Sagrado Corazón para evocar un complejo mundo de expresiones religiosas que no parece plenamente adecuado a la vivencia de un cristianismo que se ha renovado en la línea del Concilio Vaticano II y de la Iglesia latinoamericana. Una devoción apunta siempre a un conjunto de expresiones sensibles que vehiculan una determinada experiencia de la realidad, tanto intra como extra eclesial.
Cuando una devoción es vivida seria y honestamente por un grupo humano, ella va configurando una auténtica espiritualidad. Es decir, una experiencia fe, en la cual mediante la acentuación de algunos valores particulares se va configurando un cierto modo de entender a Dios y la persona humana, de asumir la vida cristiana, de insertarse en la comunidad eclesial y de servir al mundo. Es decir, esta devoción ha propuesto un cauce concreto para vivir la fe cristiana, que ha sido seguido, con innegable fruto, por muchos hombres y mujeres de los más variados lugares de la tierra.
Tal como sucede en toda crisis, lo fundamental es distinguir lo transitorio y coyuntural de lo permanente. En este caso, distinguir lo propiamente «devocional» de las grandes afirmaciones teológicas involucradas en esta temática. Resulta sugerente que el mismo lenguaje se haya ido desplazando imperceptiblemente de un hablar de el Sagrado Corazón a hablar de el Corazón de Jesús. Al parecer, uno de los elementos centrales está en acceder a la persona de Jesús desde la temática del corazón, entendiendo el corazón desde el horizonte del pensamiento bíblico.
Este breve artículo busca aportar algunas líneas de reflexión sobre esta temática, en orden a estimular la recuperación de un acercamiento actualizado a la persona de Jesús desde el horizonte teológico propuesto por la devoción al Sagrado corazón.
Algunos antecedentes históricos
La atención teológica y espiritual al corazón de Jesús se encuentra ya presente en algunos autores medievales. Pero hay que esperar los siglos XVII - XVIII para que la atención al corazón de Jesús llegue a formularse a modo de una devoción y una espiritualidad que conozcan una difusión amplia. Y esta elaboraciףn final se lleva a cabo fundamentalmente en el marco de la Iglesia francesa, que por aquellos años goza de mucha vitalidad. Detengámonos un momento en el momento de nacimiento de la devoción al Sagrado Corazón, tan fuertemente enraizada en la corriente espiritual que se conoce como «Escuela francesa de espiritualidad».
Ante todo, la devoción al Sagrado Corazón anhela centrarse en la persona de Jesús, asunto de fundamental importancia en un momento en que tantos elementos secundarios parecían esconder lo central del cristianismo. Lo que realmente interesa es la persona de Jesús, no las formulaciones abstractas mediante las cuales en diversas épocas se ha buscado encasillar su doctrina. Y no sólo interesa su persona, sino lo más íntimo de ella: su corazón. Y por corazón no debemos entender la sede de los sentimientos o de las emociones, sino aquel centro profundo desde el cual la persona enfrenta toda la vida. El corazón es el centro de las decisiones personales que orientan profundamente toda la vida; el centro de las decisiones vitales. Fijar la mirada en el corazón de Jesús es una invitación a atender a lo medular, a lo orientador de todo su actuar.
Y con gran sabiduría espiritual, cuando esta devoción pone su mirada en el Corazón de Jesús descubre en él como motor esencial de todo su actuar la misericordia. Jesús ofrece su amor, su misericordia y protección amorosa a todos los hombres, por el simple hecho de que se encuentren en necesidad o en un momento de aflicción. En una época de rigorismo religioso esta devoción acentúa la humanidad de Jesús y su anuncio del amor gratuito y misericordioso de Dios en favor de toda la humanidad. ¿Acaso no parecen apuntar a esto las clásicas imágenes de Jesús con su corazón en la mano, ofreciéndolo a quien se acerca a él; o la imagen de Jesús que se entreabre el pecho para mostrarnos su corazón? Son imágenes de una estética que en la actualidad no satisface el gusto mayoritario, pero que intentan expresar la calidez humana de la relación que Jesús quiere establecer con sus discípulos. Igualmente los textos recargados y algo sentimentales de las expresiones más clásicas de esta devoción apuntan en la misma línea de querer despertar los sentimientos del amor de Dios por cada persona concreta, y de la respuesta de amor que él espera de cada uno de nosotros. Más allá del estilo en que esto se expresa, aquí hay algo teológica y espiritualmente muy valioso.
Esta devoción al Corazón de Jesús, con su fuerte acento en la humanidad de Jesús, nace en paralelo con las devociones en torno a la pasión del Señor, que también buscan acentuar la humanidad del Señor. Por lo mismo, no es raro que en algunos momentos ambas se hayan entremezclado, y la devoción al Corazón de Jesús haya adquirido ciertos rasgos doloristas, y nos haya invitado a fijar la mirada en el corazón traspasado y coronado de espinas; en el corazón del crucificado. Es que el Corazón de Jesús es el corazón de ese hombre que en fidelidad al Padre y por amor a todos los hombres llegó a la ofrenda total de su vida en la cruz.
Preguntarse por la vigencia actual de esta espiritualidad no consiste tanto en poner de relieve sus limitaciones, que sin duda las tiene, ni en enredarse en destacar las inadecuaciones de la estética devocional en la cual se ha expresado, ni tampoco en pretender defender a ultranza cada una de sus expresiones históricas. A mi entender, se trata más bien de recoger las grandes intuiciones espirituales que están en su origen y vincularlas con nuestro contexto histórico actual, del cual sin duda pueden recibir un enriquecimiento y una ampliación de horizontes.
Hacia una mirada actual
En esta devoción hay intuiciones teológicas y espirituales muy hermosas. Pongo de relieve algunas que me parecen especialmente interesantes para el momento actual. No se trata de hacer un desarrollo amplio de cada una de ellas, sino esbozar temas que sería necesario trabajar más ampliamente.
En primer lugar, en muy sabia la indicación de que para vivir bien nuestra fe nos centremos en la persona de Jesús, y no solo en doctrinas o en normativas morales. Nuestra fe se articula en torno al misterio de la persona de Jesús; y de un Jesús encarnado. Esto último también constituye una indicación de primera importancia. Si nos distanciamos del misterio de la encarnación de Señor, con todas las implicaciones que ella tiene, ciertamente llegaremos a deformar, quizá severamente, nuestra mirada sobre Jesús. Nuestra vivencia del cristianismo necesita de esta mirada amorosa y de permanente atención a la persona de Jesús.
Lo anterior es concretizado a partir de la imagen bíblica del corazón. Una persona no es un conjunto de acciones o sentimientos dispersos. En cada persona hay un centro, desde el cual brotan todos los comportamientos, y desde el que se explica o alcanza su coherencia el conjunto de su actuar. Un buen acercamiento a Jesús es aquel que nos invita a preguntarnos por las raíces profundas de su actuar, por los sentimientos más íntimos de su corazón. Y de esta manera nos acerca a la relación con su Padre y al amor por la humanidad caída. Y en contrapartida, también nos lleva a plantearnos la pregunta por la raíz de nuestro actuar, no sólo por la objetividad exteriormente medible de nuestros comportamientos.
Ante la pregunta por los sentimientos del corazón de Jesús, nos encontramos con el tema de la misericordia. Una misericordia que no es sólo filantropía, sino que surge de una profunda experiencia de Dios. Una experiencia del Padre de amor, que quiere a todos sus hijos, que anhela la vida plena para todos ellos. Y que por lo mismo los acompaña y defiende en momentos de aflicción. No se trata de una teoría sobre la misericordia, sino de la sencilla, sentida y vital percepción de que todos los que se encuentran afligidos y sobrecargados pueden acudir a Jesús, porque en él encontrarán descanso (cf. Mateo 11,28-30); es reconocer en Jesús el buen pastor que está dispuesto a dar su vida por el rebaño (cf. Juan 10,10-11), y que tiene compasión de esas muchedumbres que se encuentran vejadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (cf. Mateo 9,36 y Marcos 6,34). El Jesús que consuela a su pequeño rebaño, al cual le ha prometido el Reino de Dios (cf. Lucas 12,32).
Al contemplar y experimentar la misericordia de Dios se percibe que el corazón de Jesús es un corazón traspasado por la lanza del soldado. Un corazón herido, sufriente por amor. Un corazón al cual accedemos por la herida. Por esa herida del corazón de Jesús en la cual nos encontramos con todo el sufrimiento de la humanidad. Con todos los pobres y desvalidos; pero también con todos los pecadores y los que vagan desorientados por la vida. La herida del corazón tiene que ver con ese dolor profético de Jeremías al ver la desgracia de su pueblo (cf. Jeremías 8,18-23), y con el dolor del mismo Jesús ante la ciudad de Jerusalén, en la cual está simbólicamente representado todo el pueblo de Israel, que no reconoce la visita salvífica de su Señor (cf. Lucas 19,41-44). El corazón de Jesús nos sitúa de lleno ante el dolor de la pasión, invitándonos a entender desde allá la totalidad de su persona y actuar. La presentación del sentido global del ministerio de Jesús efectuada en Lucas 4,16-22 puede iluminar esta perspectiva que señalamos.
El corazón traspasado por amor, es un corazón del cual brota agua que refresca, sana y vitaliza a la humanidad entera (cf. Juan 19,33-34). Esta imagen de los manantiales de agua viva y vivificante que brotan de su seno es una puerta interesante para acercarnos al misterio del corazón de Jesús (cf. Juan 7,37-38). Todo el que tenga sed puede ir a él y mediante su fe saciar en él su sed. Este es el «don de Dios» que la samaritana está llamada a reconocer para obtener el agua viva que calma para siempre la sed (cf. Juan 4,10-14). En un mundo que padece de una profunda sed de Dios, este horizonte de acercamiento a Jesús resulta sugerente y preñado de perspectivas.
En el corazón de Jesús conocemos la hondura del amor de Dios (cf. Efesios 3,17-19); de ese amor que nos permite llamar confiadamente a Dios abbá, es decir padre (cf. Romanos 8,15). Y por lo mismo, el corazón de Jesús nos invita a entrar en una nueva experiencia de vida, sellada por el amor. A creer, es decir a confiarse en el amor de Dios (cf. 1 Juan 4,16); a permanecer en el amor (cf. Juan 15,9; etc.). De aquí surge un camino de vida cristiana: irse configurando paulatinamente con el amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesús. Que nuestro corazón vaya aprendiendo a amar y a latir junto con el del Señor. Este modo de proponer el camino de la vida cristiana, como una configuración con los sentimientos más profundos del Señor, puede resultar de gran ayuda para muchos hoy. Nos previene del peligro de una moral fría, apoyada sólo en reglamentaciones e incapaz de dar cuenta del modo en que nuestra adhesión personal a Jesús debe irse traduciendo en acciones concretas, en un estilo de vida.
A la luz de esta espiritualidad resulta sugerente contemplar en Jesús los innumerables gestos de amor por cada persona humana: su mirada cariñosa, su acogida respetuosa de cada hombre o mujer, su respeto por los débiles y caídos, su cariño por los niños, etc. De aquí surge una propuesta de vida cristiana que pone el acento en la necesidad de un trato cercano, cariñoso y respetuoso por cada persona concreta, cualquiera sea su condición. Este estilo de vida, apoyado directamente en una contemplación de los sentimientos del Corazón de Jesús, le confiere un rico tinte de humanidad a la experiencia cristiana.
Aunque no forman parte directa de la espiritualidad del corazón de Jesús, suelen estar muy asociadas a ella la devoción a la eucaristía, especialmente a la adoración eucarística, y al Corazón de María. María, madre del Señor, puede ser contemplada desde ese corazón en el cual guardaba cuidadosamente todas las cosas, para irlas entendiendo en su hondura de momentos de manifestación de la gracia de Dios (cf. Lucas 2,19.51). La eucaristía es la presencia permanente del Señor cerca de nosotros hecho pan y vino cotidianos. Ese Señor que se nos ofrece como alimento, pero que a la vez nos invita a poner en la mesa del altar toda nuestra realidad para que sea transfigurada por su unión a la entrega de Cristo. En la reserva eucarística el Señor permanece ofrecido a nosotros como espacio espiritual en el cual ir entendiendo con mayor hondura, con los ojos del Señor, todos los acontecimientos de nuestra vida.
Por último, podemos destacar el hecho de que la espiritualidad del Corazón de Jesús hace recurso frecuente a dimensiones muy sensibles de la experiencia religiosa. Se trata de un recurso que debe ser usado con prudencia, pero que resulta indispensable para que la vivencia personal de la fe arraigue hondamente en nosotros. De otro modo nos quedamos en un intelectualismo que no asume por entero nuestra condición humana. En esto, más allá de las formas concretas usadas, se trata de una espiritualidad que tiene mucho que enseñarnos para el hoy.
Concluyendo
Estamos en pleno tránsito de una devoción al Sagrado Corazón a una espiritualidad del Corazón de Jesús. Aún hay muchas cosas pendientes. Pero se trata de una temática que nos puede iluminar en una mejor vivencia de amplios aspectos de nuestra experiencia cristiana actual. Nos queda, eso sí, el desafío de ir entendiendo la intencionalidad profunda de las diversas dimensiones de esta devoción para ser capaces de reformularlas de un modo nuevo y creativo, adecuado a nuestro actual momento histórico. A mi entender, la reformulación de los contenidos intelectuales está bastante más avanzada que el replanteamiento de las dimensiones estéticas y sensibles de esta devoción. Que las dificultades que podamos encontrar en este último plano no nos conduzcan a un rechazo de este ángulo de mirada a las dimensiones más íntimas y motivacionales de la persona de Jesús; ángulo que ha sido y puede seguir siendo muy provechoso, y que puede reivindicar innegables raíces bíblicas.