Nuestro Carisma
"Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo: Hay diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de actividades, pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos. A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos” (1 Co 12, 4-7).
Esta palabra de San Pablo nos ayuda a comprender qué es un Carisma. Se trata de los dones que el Espíritu Santo suscita para la edificación de la Iglesia y para el bien de todos.
La vida consagrada es un don del Espíritu. El carisma específico de cada Instituto religioso es suscitado por el Espíritu. Cada gracia especial manifestada en una persona y/o grupo y que edifica a la comunidad, es acción del Espíritu.
Nuestro Carisma SS.CC. es el don que el Señor regaló a nuestros Fundadores, es la experiencia del Espíritu por ellos vivida y que los llevó a encarnar de un modo particular el único Evangelio de Jesús.
Pero el Carisma no sólo ha implicado a nuestros Fundadores, sino que también a muchas otras personas a través de la historia, implicándonos también hoy a nosotros. Y esto es lo que permite que esa experiencia espiritual vivida en los orígenes de la Congregación, pueda ser profundizada y reformulada constantemente, para que siga animando a otros hombres y mujeres en el seguimiento de Jesucristo. Un carisma es un don vivo, no sólo una formulación antigua, pues sigue atrayendo, fecundando y removiendo algo en nosotros, cristianos de hoy.
“La memoria de nuestros fundadores, Pedro Coudrin y Enriqueta Aymer, y su primera comunidad, nos han servido de valioso aliciente. Nos preguntamos cómo reproducir hoy en día, en un nuevo y desafiante contexto sociocultural, su intuición carismática: el seguimiento de Jesús, con la mirada puesta en su Corazón; la fraternidad intensa compartida en pobreza evangélica; la inserción audaz en la humanidad de aquella época; el servicio sencillo a los más pobres; la pasión por la Iglesia, pueblo de Dios; la cercanía de María, compañera de camino; la celebración de la Eucaristía y su adoración reparadora; la entrega sin reservas en las manos de Dios y su providencia. ¿Qué harían hoy nuestros Fundadores en fidelidad al Espíritu?” (36º Capítulo General, Introducción)

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