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Domingo 22 de enero

Por Pedro León ss.cc.

Is 9,1-4; 1ªCo 1,10-13.17; Mt 4,12-23

Este tiempo de verano, es un tiempo propicio para salir por los caminos a anunciar el Reino de Dios; así como lo muestra Jesús en el evangelio de hoy muchos grupos pastorales también lo han hecho ya. Pese al calor y al cansancio, surge la maravillosa experiencia de encuentro con otras personas, realidades, cultura que nos transforman de meros espectadores en discípulos y misioneros.

Así como a los discípulos a orillas del lago en Cafarnaúm él desea invitarnos personalmente, a cada uno de nosotros hoy, a continuar con la tarea evangelizadora, quiere iluminar nuestras penumbras, nuestro interior y el de las personas con las cuales nos encontramos en el camino, él no llama, él nos invita.

No solo en el verano sino todo el año puede ser propicio para el anuncio, Cristo nos invita a caminar junto a él, un tiempo especial y hermoso, donde ocurren cosas nuevas tanto en el misionero como en los misionados; una luz intensa nos ilumina, nos mueve y nos saca de nuestros estancamientos y nos torna en apasionados testigos del amor de Dios a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. El Espítitu Santo nos inspira los gestos y las palabras oportunas para con nuestros hermanos y hermanas…; y así como a Jesús, nos saca de nuestros cómodos sofás y nos transforma en testigos del amor de un Dios que ha tomado la iniciativa para acercarse a cada uno de sus hijos. Nos transforma, no solo en sus discípulos y discípulas sino también en misioneros, apóstoles, testigos de su pasión por el Reino de Dios, aunque eso también signifique dejar nuestras redes y barcas a la orilla de la playa para seguirlo.