8M: La dignidad no se negocia

En el marco del Día Internacional de la Mujer,  nuestro hermano Atilio Pizarro sscc comparte una reflexión sobre la dignidad de las mujeres, la necesidad de revisar prácticas culturales que han generado desigualdades y el llamado de la Iglesia —recordado también por el Papa Francisco durante su pontificado— a reconocer con mayor profundidad la dimensión femenina en la vida eclesial.

8M: La dignidad no se negocia

En el marco de una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, es importante recordar algunos hitos históricos que han marcado la lucha de las mujeres por condiciones más justas y dignas.

Entre ellos se recuerda la movilización de trabajadoras textiles en Nueva York a fines del siglo XIX, quienes reclamaban mejores condiciones laborales frente a extensas jornadas de trabajo y bajos salarios. A comienzos del siglo XX, nuevas tragedias evidenciaron las precarias condiciones en que muchas mujeres trabajaban, como el incendio de la fábrica Incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist, donde murieron más de un centenar de trabajadoras.

Con el paso del tiempo, estas y otras experiencias fueron dando forma a una conciencia social cada vez mayor. En 1975, la Organización de las Naciones Unidas comenzó a conmemorar oficialmente el Día Internacional de la Mujer, invitando a los Estados a reflexionar sobre la dignidad, los derechos y la participación de las mujeres en la sociedad.

Estos hechos históricos nos ayudan a comprender que esta fecha no es solo una celebración, sino también una memoria de las injusticias y desigualdades que muchas mujeres han experimentado a lo largo de la historia. En muchas ocasiones, estas desigualdades han estado sostenidas por prácticas culturales que han invisibilizado el rol de la mujer, justificadas a veces por creencias sociales, políticas e incluso religiosas.

En este contexto, muchas mujeres han alzado su voz para pedir mayor reconocimiento, visibilidad y equidad respecto del varón. Se trata de recordar que las mujeres no son un elemento secundario en la sociedad, sino sujetos de derechos, protagonistas de la vida social y parte fundamental de la construcción de nuestras comunidades.

En su sentido más profundo, el feminismo puede entenderse como la búsqueda de visibilizar aquellas formas de exclusión e invisibilización que las mujeres han vivido a lo largo de la historia, cuestionando actitudes y pensamientos que la sociedad ha normalizado hasta el día de hoy.

Esta conmemoración nos invita, por tanto, a tomar conciencia de que aún existen prácticas y estructuras sociales construidas sobre desigualdades históricas, sostenidas muchas veces por una lógica masculina. Por ello, se vuelve necesario generar procesos de cambio que nos permitan construir nuevas formas de relacionarnos. En este camino, surge también una invitación particular a los hombres: revisar nuestras propias maneras de comprender qué significa ser varón, aprendiendo a escuchar, a reconocer la dignidad del otro y a evitar prácticas o lenguajes que puedan cosificar o reducir a la mujer a una propiedad o a un rol secundario.

Las mujeres nos recuerdan que ellas no son un agregado ni parte del paisaje, sino personas concretas, creadas con la misma dignidad que el varón, con diferencias biológicas propias, pero con igual valor y dignidad.

Esta reflexión también abre una pregunta importante para la vida de la Iglesia: ¿qué tipo de Iglesia queremos construir? ¿Una que se entienda únicamente desde roles masculinos o una Iglesia fecunda, amplia y verdaderamente universal, que reconozca y valore plenamente a todas las personas que la conforman?

En este sentido, durante su pontificado, el Papa Francisco también invitó a profundizar en el lugar de la mujer en la vida de la Iglesia. En un encuentro con la Comisión Teológica Internacional, el Pontífice afirmó:

“Si no sabemos comprender qué es una mujer ni cuál es la teología de una mujer, nunca entenderemos qué es laIglesia. Uno de los grandes pecados que hemos tenido es ‘masculinizar’ la Iglesia”.

En esa línea, el Papa también llamó a avanzar hacia una reflexión que permitiera “desmasculinizar la Iglesia”, reconociendo más plenamente la dimensión femenina de su identidad y el aporte fundamental de las mujeres en la vida de las comunidades cristianas. En este sentido, se necesita escuchar la reflexión y la espiritualidad de la mujer en las propias comunidades, y no solo pensar y actuar desde una lógica masculina, porque en sí misma ya es excluyente.

La Iglesia tiene la riqueza de contar con el Evangelio de Jesús como fuente de inspiración y horizonte de vida. Desde él, cada persona —hombre y mujer— puede reflexionar y comprender su propia existencia desde su lugar vital, es decir, desde su contexto, así como desde su sexualidad y afectividad.

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer puede ser, entonces, una oportunidad para seguir preguntándonos cómo construir una Iglesia cada vez más fiel al Evangelio de Jesús: una Iglesia que escucha, que acoge y que reconoce la dignidad de cada persona, porque somos portadores de una Buena Noticia que anuncia vida, esperanza y amistad con Cristo.