Día de la Solidaridad: “hay que darse por entero”

La solidaridad, entendida como una forma concreta de caridad que se organiza y como justicia que se hace cargo del prójimo, fue la apuesta vital que unió los diversos caminos de dos figuras de Chile y de la Iglesia del siglo XX: San Alberto Hurtado y el Siervo de Dios Esteban Gumucio. Este año, al celebrarse el Día Nacional de la Solidaridad*, buscamos algunos puntos —decisivos— de convergencia en sus vidas y testimonios.

En ambos —el sacerdote jesuita Alberto Hurtado (1901–1952) y el sacerdote SSCC Esteban Gumucio (1914–2001)— late una convicción sencilla y exigente: no hay espiritualidad auténtica sin hacerse cargo del sufrimiento del pobre ni transformación social sin raíces en la oración, la amistad y la Eucaristía. Esta doble respiración —mística y compromiso— los hizo memoria y profecía vigentes en nuestro tiempo.

La solidaridad no aparece como un gesto ocasional, sino como criterio de vida. Es principio moral (reconocer la interdependencia humana), método pastoral (caminar con, escuchar, dejarse afectar) y opción pública (promover el bien común por encima del interés particular). Desde ahí, la comunidad cristiana no se resigna a la beneficencia que calma conciencias, sino que impulsa procesos: acompaña, organiza, forma y defiende derechos.

Estos hermanos nuestros mostraron que la caridad madura cuando se vuelve justicia eficaz. Alberto Hurtado decía: «La caridad comienza donde termina la justicia», y Esteban Gumucio escribió: «Y dice Dios que no quiere cena sin el quemante pan de la pobreza. Cuando pidas pan, levanta la cabeza niño; pero, ¡levanta la cabeza!… El pan tiene buen sabor cuando lo compartes. El pan sin amor no alimenta. El pan del egoísta se pone añejo».

El servicio solidario inmediato —la mesa, el abrigo, la protección e incluso la escucha— nos plantea una pregunta estructural: ¿por qué faltan pan, techo y trabajo, como formulaba el papa Francisco? En una carta enviada a los movimientos populares durante la pandemia, escribió: «Ustedes son un verdadero ejército invisible que pelea en las más peligrosas trincheras. Un ejército sin más arma que la solidaridad, la esperanza y el sentido de la comunidad que reverdece en estos días en los que nadie se salva solo». Y, en otra oportunidad, a estos mismos movimientos, añadió: «La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia».

La solidaridad, así comprendida, no romantiza la pobreza ni la utiliza como plataforma moral. Por el contrario, crea instituciones, genera alianzas, transparenta recursos y mide resultados. No se agota en atender: busca prevenir y transformar.

Del gesto a los procesos: ver, juzgar y actuar

El camino pastoral que compartieron el Padre Hurtado y nuestro “Tata Esteban” estaba marcado por el método de la revisión de vida, que se caracteriza por tres etapas: ver, juzgar y actuar. En la espiritualidad de los Sagrados Corazones se ilumina con nuestro enunciado misional: «contemplar, vivir y anunciar».

Contemplar es mirar con sentido: ver los rostros concretos y los territorios, sin estadísticas que despersonalicen; ver los rostros sufrientes de Jesús, como señalaban los obispos latinoamericanos en Puebla en 1979. Conmoverse es dejar que el clamor toque la oración y el discernimiento comunitario para dar vida. Organizar es pasar del impulso generoso a las redes estables, con responsabilidades claras, participación y control ciudadano. En otros términos, tanto Alberto como Esteban encarnaron y aplicaron, en sus contextos, el conocido método de ver, juzgar y actuar.

Cuando decimos que la solidaridad exige mirar la realidad, también exige buscar el querer de Dios en esa realidad. Y, para actuar, requiere una pedagogía en la que el testimonio sea la clave. La formación en el servicio —sobre todo para los jóvenes— nos hace personas con conciencia crítica, conscientes de derechos y deberes, y con corazones disponibles.

El papa León XIV, en su homilía del domingo último que publicó Vatican News, puso el foco precisamente en el amor que mueve y conmueve. Dijo: «Cada uno es un don para los demás… Derribemos los muros… No vivamos para nosotros mismos… No confundamos la paz con la comodidad ni el bien con la tranquilidad, sino una inmersión total en los riesgos que conlleva el amor…».

El padre Esteban nos lo dice con la letra de una de sus canciones más difundidas: «Tres cosas tiene el amor que no se pueden olvidar: que Dios nos amó primero,
que hay que darse por entero y ponerse a caminar
».

 

Aníbal Pastor N., coordinador
Causa de Canonización Padre Esteban Gumucio

 

* El Día Nacional de la Solidaridad fue instituido en Chile, en 1993, por la Ley N.º 19.218, que fija el día del fallecimiento de San Alberto Hurtado (18 de agosto de 1952) como jornada para fomentar acciones solidarias en su memoria. En la práctica, todo agosto se vive como “Mes de la Solidaridad”.