Patricia Villarroel, Superiora General Congregación SSCC.: “Hay fuerza en nuestras comunidades, en nuestra gente sencilla. Ahí está lo nuevo que el Espíritu está suscitando”

“El Evangelio sigue siendo una fuerza transformadora. Nos toca discernir cómo vivirlo hoy, en medio de una sociedad herida y fragmentada». Con estas palabras la religiosa expresa el corazón de su servicio.

 

Chilena, residente en Roma, visitó recientemente el país para participar en el Capítulo Provincial de sus hermanas, y en ese marco conversó sobre su reelección como superiora general de la congregación para el periodo 2024-2030, los desafíos que enfrenta la vida religiosa femenina y los signos de esperanza que ve en medio de un mundo polarizado.

En este  contexto global marcado por guerras, crisis sociales, polarización política y un creciente desgaste institucional de la Iglesia, Patricia plantea con lucidez la necesidad de una fe comprometida, que no se encierre en estructuras caducas ni evite los conflictos sociales: “No podemos dejar de creer en la humanidad. Aunque el mundo esté convulsionado, aunque la violencia y la exclusión parezcan ganar terreno, la vida consagrada tiene que seguir anunciando que otro modo de habitar este mundo es posible”.

A pesar del panorama desafiante, reconoce con esperanza los avances de algunas voces proféticas como la del Papa Francisco, aunque lamenta que muchas veces no se escuche a quienes llaman a cambios profundos. “Francisco tenía una voz clara, pero solo fue escuchado por quienes querían hacerlo”, agrega.

La mujer en la iglesia

—En una entrevista anterior hablaste del empoderamiento de las mujeres en la Iglesia. ¿Qué avances has visto y qué resistencias persisten?

-Se han dado pasos. El Papa Francisco nombró a mujeres en cargos importantes dentro del Vaticano, donde aportan con su teología desde la mirada femenina. En las diócesis locales, cada vez hay más hermanas que participan en consejos episcopales, lugares que antes estaban reservados para sacerdotes u obispos. Creo que el proceso de las mujeres y de los laicos en la Iglesia no es reversible. Podría ser más rápido o más lento según las personas, pero va hacia adelante, y eso me pone contenta.

Las mujeres, sostiene, tienen hoy un rol clave en la transformación eclesial y social: “No desde el poder, sino desde la ternura, el cuidado y la firmeza. No se trata de ocupar espacios de poder, sino de transformar la forma en la que nos relacionamos. La autoridad evangélica tiene más que ver con lavar los pies que con estar en la cúspide”, señala, y recalca que la igualdad no puede seguir siendo solo una promesa, pues “las mujeres hemos estado mucho tiempo en los márgenes de las decisiones. Hoy no basta con que nos digan que somos importantes: es hora de caminar en igualdad real”.

También es clara al recordar que la fe no puede desligarse de los desafíos sociales. “Evangelizar no es repetir fórmulas espirituales, es tocar la vida de las personas. Es indignarse con la pobreza, es preguntarse por las causas del hambre, es comprometerse con la paz. No hay evangelización sin justicia social”, subraya.

¿Cómo imaginas esa Iglesia más horizontal que sueñas?

Debe haber más mujeres comprometidas y con participación real en las decisiones importantes. Sobre el sacerdocio femenino, no tengo el entusiasmo por luchar activamente, pero creo que llegará. Es algo pendiente, especialmente en lugares como las comunidades de la Amazonía, donde las mujeres gobiernan pero no celebran la misa”.

Su mirada a la realidad de Chile

Sobre la realidad eclesial chilena, reconoce la crisis profunda que ha vivido en los últimos años, pero valora los pasos que se han dado hacia la verdad: “La Iglesia en Chile ha sido profundamente golpeada. Pero también ha tenido la valentía de hacer procesos de verdad, aunque dolorosos. Ahora el desafío es no caer en la inercia. No basta con pedir perdón: necesitamos gestos concretos de cambio, nuevas formas de ser Iglesia que sean más participativas, más sinodales, menos clerical. Hay discursos que condenan, que levantan muros en lugar de acercar al Dios de Jesús. Hoy la vida religiosa está llamada a abrir puertas, no a cerrarlas. A ensuciarse las manos, a tender la mesa para todas y todos, sin excepción”.

Acerca de la colaboración entre ambas ramas consagradas de la congregación, Patricia valora la raíz y misión compartida, y reconoce que se requieren estructuras comunes que fortalezcan el trabajo conjunto.

¿Qué desafíos ves para fortalecer el trabajo conjunto con los hermanos en Chile?

 Hay conciencia de que podemos hacer más juntos, pero también hemos estado demasiado centrados en nuestras problemáticas propias. Los hermanos y hermanas hemos disminuido en número y envejecido, y eso dificulta soñar juntos. No somos dos congregaciones separadas: somos una misma familia religiosa. Y cuando esa unidad se vive con respeto y creatividad, tiene una fuerza increíble para evangelizar. Podríamos tener fundaciones en común, procesos formativos compartidos, o mayor articulación pastoral y social, especialmente en lugares como Argentina”.

Sobre la situación de estos tiempos electorales, Patricia observa un clima de desencanto y división que, según dice, se repite en muchas otras partes del mundo. “Lo que pasa en Chile es similar a lo que ocurre en muchos países: hay desconfianza, mucha polarización. Me pregunto: ‘¿Quién gobierna gratuitamente para el bien común?’ Esa es una pregunta abierta hoy”, afirma.

Y lamenta que la educación cívica esté tan disminuida, frente a lo cual siempre hay algo que decir: “nosotros podemos formar a las personas para que tengan una postura personal y evangélica. No podemos decir por quién votar, pero sí podemos cuestionar, interpelar y acompañar procesos. La participación política no es solo votar, es estar presentes y tener palabra”.

Finalmente, la hermana Patricia comparte su visión a futuro para la congregación.

¿Qué sueñas para las Hermanas SSCC en Chile y el mundo?

Estamos viviendo tiempos difíciles, acompañando una Iglesia en crisis. Pero tengo mucha esperanza. La congregación está creciendo en África y Asia, lentamente, pero con semillas de futuro. En América Latina la situación vocacional es compleja, pero el acompañamiento a la gente sigue siendo fuerte y querido. Creo mucho en la formación de los laicos. La Rama Secular hoy son más que nosotros en número. Ahí tenemos un rol fundamental para que nuestra espiritualidad siga siendo un aporte a la sociedad y al mundo de hoy”.

 

Y concluye con una imagen inspiradora, que encierra su fe en los pequeños gestos y en el caminar comunitario: “En tiempos recios, como decía Teresa de Ávila, se necesitan amigas y amigos fuertes de Dios. Yo creo que esa fuerza está en nuestras comunidades, en nuestras jóvenes, en nuestra gente sencilla. Ahí está lo nuevo que el Espíritu está suscitando”.

 

 

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