A partir del pesebre y del nacimiento de Jesús, nuestro hermano Eduardo Pérez Cotapos sscc reflexiona sobre una Navidad vivida desde la humildad, el silencio y la esperanza, que nos invita a reconocer la presencia de Dios en los más pobres y sencillos.
Preparando la Navidad
La navidad es una fiesta que nos pone ante dimensiones muy hondas del misterio cristiano. Una celebración que nos muestra facetas ocultas del rostro de Dios. Además, es un día cargado de elementos afectivos y emocionales que tocan nuestro propio corazón. De modo especial desde que Francisco de Asís hizo el primer pesebre viviente en Greccio para celebrar la Navidad de 1223, imaginando el nacimiento de Jesús en una gruta, con un pesebre donde estaban un buey, un asno y ovejas.
Jesús nació como niño frágil, pobre, desvalido. Finalmente, como un niño irrelevante para los ojos de la sociedad de aquella época. Dios, para hacerse presente en el mundo, toma el camino de la humildad, de la pobreza, de la discreción. Y lo hace para no avasallar la libertad humana. Ya que espera una respuesta nuestra que sea de reconocimiento en la fe y en el amor. El Señor espera que tengamos una mirada limpia de prejuicios, tal como los pastores de Belén y los reyes-sabios de Oriente, para que podamos reverenciarlo y adorarlo. Es decir, que no seamos como el rey Herodes, que al oír hablar de Jesús recién nacido en Belén sintió amenazado su poder, y tuvo miedo.
La noche de Navidad es una noche de amor y de paz; una noche de silencio y admiración por el regalo que Dios nos hace en el niño de Belén. Es un tiempo propicio para dejarse conmover por el amor de Dios, y de esta forma hacerse mensajeros del amor. «Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte. Con una mirada misericordiosa y el corazón lleno de amor, Él se dirigió a sus criaturas, haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza» (León XIV, Dilexi te 16).
Profundizando en nuestra experiencia del amor de Dios nos haremos mensajeros creíbles de la esperanza que brota de Belén. «¡Cuánto necesita el mundo esta esperanza! Nada es imposible para Dios. Preparémonos para su Reino, acojámoslo. El más pequeño, Jesús de Nazaret, nos guiará. Él, que se puso en nuestras manos, desde la noche de su nacimiento hasta la hora oscura de su muerte en la cruz, resplandece en nuestra historia como el sol naciente. Ha comenzado un nuevo día: ¡despertemos y caminemos en su luz! He aquí la espiritualidad del Adviento, tan luminosa y concreta» (León XIV, Angelus del 7 diciembre 2025).
Necesitamos ser testigos de una esperanza que abre sus brazos para acoger toda la humanidad y toda condición humana. Nadie puede quedar marginado del amor de Dios. «El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es para lo imposible. El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy» (León XIV, Dilexi te 120).
Vayamos disponiéndonos interiormente para celebrar la navidad. Recordando que nuestra Congregación de los SS.CC. nació en la noche de navidad de 1800. Esa noche nuestros fundadores hicieron sus primeros votos religiosos. Si hacemos nuestro el misterio de la navidad tendremos ojos penetrantes para reconocer la presencia de Dios en los pobres y sencillos; tendremos una mirada misericordiosa frente a toda miseria humana y aprenderemos a no discriminar nunca a nadie. Y surgirá de nuestro corazón un cántico de alabanza a Dios.










