“La ternura que guía al Pueblo de Dios: una mirada latinoamericana a Mater populi fidelis

En la fiesta de la Inmaculada Concepción, compartimos una reflexión de Bernardita Zambrano, coordinadora de la Comisión de Parroquias SSCC, sobre la nueva nota doctrinal Mater populi fidelis, publicada por el Papa León XIV. En su artículo relee la relación del pueblo latinoamericano con María como un camino tierno, humano y profundamente cristocéntrico hacia su Hijo.

Este 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, como Congregación de los Sagrados Corazones presentamos el texto “Bajo su manto, hacia el Hijo: una lectura latinoamericana de Mater populi fidelis”, escrito por Bernardita Zambrano.

La autora parte de una experiencia muy propia de nuestra espiritualidad: sentirnos bajo el manto de María. Ese lugar de consuelo, cercanía y humanidad es —como recuerda el documento— una expresión de cómo el pueblo de Dios “ha encontrado en María un rostro materno y cercano del consuelo de Dios” (n. 1).

Al mismo tiempo, Mater populi fidelis reafirma con claridad el centro de nuestra fe: Cristo como único Mediador y Salvador (n. 5). Desde ahí, Bernardita vuelve a mirar la figura de María no como una competencia para Jesús, sino como la hermana que comparte plenamente nuestra humanidad y cuya vida estuvo siempre disponible para la gracia. Su presencia devocional, especialmente en América Latina, no desplaza a Cristo; más bien abre un acceso más tierno, sencillo y cercano a Él, porque la madre siempre conduce al Hijo.

A continuación, el artículo completo::

“Bajo su manto, hacia el Hijo: una lectura latinoamericana de Mater populi fidelis”

Por Bernardita Zambrano, Ingeniera y Teóloga

Quienes hemos experimentado alguna vez lo que significa sentirse bajo el manto protector de María sabemos que ese lugar —cercano, empático y solidario con nuestra fragilidad humana— tiene la capacidad de hacernos sentir vistos, reconocidos y amados por Dios. Esta vivencia, tan propia de la espiritualidad latinoamericana, dialoga profundamente con lo que el documento Mater populi fidelis afirma al reconocer que la fe del pueblo “ha encontrado en María un rostro materno y cercano del consuelo de Dios” (n. 1).

Desde la teología, este amor entrañable ha generado debates recurrentes: ¿puede la figura de María desplazar a Jesucristo del centro de la fe? El texto es claro al recordar que Cristo permanece como “el único Mediador y Salvador” (n. 5). Y es importante subrayarlo: el centro de la redención es Jesucristo, Dios mismo hecho humanidad. María, en cambio, participa de esa salvación como verdadera hermana nuestra, plenamente humana, tal como sostiene la teóloga Elizabeth Johnson, compartiendo con nosotros la condición de haber sido redimida por gracia de su propio Hijo.

Sin embargo, esto no disminuye su lugar profundo en el corazón de los creyentes. Porque la Madre del Pueblo de Dios continúa siendo tal “allí donde los fieles acuden confiadamente buscando amparo y esperanza” (n. 3). En América Latina, esta confianza se expresa con especial fuerza en la religiosidad popular: el pueblo sencillo reconoce en María a su propia madre, aquella cuya cercanía hace más fácil ponerse en su regazo y dejarse cuidar. Por eso, como señala el documento, María “acompaña los procesos de fe y de vida de las comunidades” (n. 10) y lo hace desde la cotidianeidad de quienes buscan protección y consuelo.

No debiera preocuparnos, reflexivamente, que tantos creyentes miren primero hacia María y que a través de ella lleguen a su Hijo. Mater populi fidelis recuerda que María “está inserta en el misterio trinitario como criatura elegida y agraciada” (n. 12). Dicho de otro modo: en el corazón de Dios, misterio de comunión, está también la humanidad, representada en ella. Por eso, la fe centrada en Cristo no peligra cuando la devoción popular se dirige a María; al contrario, suele ser un camino más tierno y humano hacia el Señor.

Si afirmamos que Jesucristo es el único dador de gracia, afirmamos también que la gracia es siempre iniciativa gratuita de Dios; Dios actúa en la historia con nosotros —y a veces a pesar de nosotros—. En este sentido, María, “llena de gracia por el don del Espíritu” (n. 8), se convierte en icono de cómo obra Dios cuando encuentra una humanidad disponible. Su fiat (Hágase) no es un gesto pasivo, sino la entrega de toda su vida para que la gracia actúe. De su cuerpo nace el Salvador: ¿cómo no creer entonces que quien fue colmada de gracia puede interceder por nosotros para alcanzar la gracia de Dios?

Más que especular sobre qué conviene o no decir de María, la nota invita a fijar la mirada en Jesús. Pero, como repetimos tantas veces en nuestra tradición latinoamericana, vamos a Cristo por María. Y esto no solo es experiencia espiritual: es teología. “Sin María no hay Cristo”. Mater populi fidelis lo expresa con belleza al afirmar que María “es memoria viva de la carne asumida por el Hijo” (n. 15).

Al final, la devoción mariana del pueblo no representa un riesgo para la fe cristológica; por el contrario, es una puerta de entrada más humana, cercana y profunda al misterio de Cristo. Es nuestro modo latinoamericano de afirmar que Dios se hizo uno de nosotros y que, en el rostro de María, reconocemos la hondura del amor divino: un Dios que no solo nos entrega al Redentor, sino que se sirve también de una mujer que coopera en su obra salvadora. En ella contemplamos a quien, asociada de modo singular a la misión de su Hijo, sigue acompañando a la Iglesia como Madre, especialmente allí donde el sufrimiento, la injusticia y la búsqueda de esperanza claman por consuelo.