En el inicio del Mes de María, compartimos una reflexión de nuestro hermano Guillermo Rosas sscc sobre la presencia y el rol de la Virgen en nuestra espiritualidad. Su mirada nos invita a contemplar a María no solo como devoción, sino como parte esencial del misterio de Cristo.
Este 8 de noviembre iniciamos en Chile el tradicional Mes de María, un tiempo privilegiado para la oración, la confianza y la cercanía con la Madre de Jesús. Como Congregación de los Sagrados Corazones, su figura está inscrita en nuestro propio nombre y en nuestra espiritualidad. Sin embargo, no siempre profundizamos conscientemente en aquello que significa unir el Corazón de María al Corazón de Cristo.
En este contexto, Guillermo Rosas sscc nos ofrece una reflexión que ilumina la presencia de María en el centro mismo de nuestra fe. No se trata simplemente de una devoción piadosa o de una memoria afectiva, sino de reconocer que María forma parte del proyecto salvador de Dios y de la historia de la encarnación. Su vida creyente, sencilla y entregada, es para nosotros escuela de humanidad y discipulado.
“Es imposible elaborar una cristología sin referirse a la Virgen María”, señala Guillermo, recordándonos que Dios escogió a una mujer concreta, pobre y disponible, para entrar en nuestra historia. Su “sí” permitió que el Verbo se hiciera carne. Su presencia fiel acompañó a Jesús hasta la cruz. Su oración sostuvo a la comunidad naciente.
Por eso, hablar de los Sagrados Corazones es hablar también del corazón creyente de María. Su amor, su confianza en medio de la incertidumbre, su capacidad de escuchar y guardar en el corazón, son actitudes que inspiran nuestro servicio, nuestra misión y nuestra vida espiritual.
El Mes de María es, entonces, una oportunidad para contemplar a aquella a quien llamamos la primera discípula, la mujer que acogió la Palabra, la madre que se mantuvo de pie junto a quienes sufren, la creyente que perseveró junto a la comunidad:
A continuación texto completo:
María en la espiritualidad de los Sagrados Corazones
Guillermo Rosas sscc
El nombre y la espiritualidad de nuestra Congregación habla, en plural, de los Corazones: el de Jesús y el de María. Sin embargo, la figura y sobre todo el rol de María en el misterio de Cristo quedan más a la sombra, al menos en nuestro discurso habitual. Nos preguntamos por el significado de la Madre de Jesús en nuestra espiritualidad. ¿Es un asunto puramente devocional la unión del corazón de María al de Jesús, casi como para no olvidarse de la Virgen, tan presente y tan característica en la espiritualidad católica, o hay algo más?
De partida, hay que reconocer que es imposible elaborar una cristología sin referirse a la Virgen María. Podrá uno tener mayor o menor devoción a ella, pero de hecho su importancia es crucial. Su figura encarna valores y actitudes ejemplares para la vida cristiana pero, sobre todo, ella pertenece esencialmente al proyecto salvador de Dios, quien para hacerse hombre de verdad necesitaba nacer como todo ser humano: de una mujer (Gál 4, 4). María fue objeto de una elección especial: sobre ella, sencilla mujer galilea, la “dulce muchacha humilde de Palestina”, descansó la mirada del Padre para hacerla milagrosamente madre de Jesús. Y ella, por fe, aceptó la elección y un destino incierto y doloroso.
Todo esto justifica que la veneración de la Virgen apareciera muy pronto en la Iglesia naciente. Se han descubierto antiquísimas ruinas en Palestina que hacen suponer una primitiva veneración en lugares como Nazaret o junto a la cueva de Belén donde nació Jesús; se han hallado invocaciones y oraciones, e incluso un fresco de la Virgen, en las catacumbas romanas; se remonta probablemente al siglo III una de las primeras oraciones que la invocan como “Madre de Dios” (theotókos); a partir del concilio de Efeso (431) su culto se expandió por las iglesias de la época.
María no puede ser separada del misterio de Jesús. Por su “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) fue posible que Dios se encarnara en su seno y viniera al mundo como un hombre más. Por su fidelidad dejó al hijo amado entregarse a una misión que lo llevó a la muerte más ignominiosa y cruel que se podía entonces sufrir, y lo acompañó hasta el fin (Jn 19, 25-27). Por su discreción dejó que el hijo creciera, manteniéndose a su sombra, como Juan Bautista. Por su fe perseveró en la oración junto a la comunidad de los primeros creyentes, cuando Cristo ya había ascendido al cielo (Hch 1, 14).
Por lo tanto, unir el corazón de María al de Jesús no es una simple cuestión devocional, sino que brota de una atenta asimilación de la revelación bíblica y de la conciencia teológica sobre el rol de la Virgen en el misterio de la salvación, al que se halla estrechamente asociada por voluntad del mismo Dios. Si bien es natural que haya sido en el corazón de Jesús donde inicialmente cristalizó la corriente de espiritualidad que veía en él la misericordia y humanidad de Dios, porque es Cristo quien lleva a plenitud la obra de salvación del Padre, no extraña que en el desarrollo de la devoción haya ido tomando relieve también el corazón de María, expresando así la conciencia de la íntima asociación de ella a su hijo en el plan de salvación, y consecuentemente cristalizando también en su corazón las actitudes humanas de fe y entrega confiada en Dios que hicieron posible la encarnación de la Palabra.
La Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María no podría, entonces, minusvalorar ni ese rol de María en el misterio de Cristo, ni su corazón como símbolo de unas actitudes interiores hacia Dios y hacia el prójimo que a pesar de estar descritas en poquísimos textos bíblicos nos hablan suficientemente de la grandeza de esa humilde mujer de Nazaret. Con razón es llamada la primera cristiana, o la cristiana perfecta. Y con razón también, Madre de Dios. Su corazón y el de Jesús simbolizan para nosotros la intimidad de Dios mismo que se muestra al ser humano en la trama vital de la historia como Dios de amor y de misericordia, como Dios encarnado, como Dios que ama a los pobres, excluidos y lejanos de su amor.










