Durante tres días de lluvia, frío y emoción, 16 jóvenes y su equipo de asesores compartieron en Ránquil una experiencia marcada por la introspección, el vínculo comunitario y el crecimiento personal.
“Este campamento fue muchísimo más de lo que imaginé. Me hizo reír, pensar, emocionarme, abrazar más fuerte y sentirme parte de algo muy real y muy bonito”, expresó Emilia Carrillo, una de las participantes del campamento de invierno del CPJ Concepción, al cerrar una experiencia que, según sus palabras, “no se borra”.
Entre el viernes 4 y el domingo 6 de julio, el Centro Pastoral Juvenil de Concepción vivió su campamento de invierno en la comuna de Ránquil. En medio del paisaje natural y un entorno marcado por la lluvia y el barro, 16 jóvenes –acompañados por tres asesores, el asesor pastoral y una integrante de la comunidad de servicio– compartieron una vivencia profunda en torno a tres ejes: habitarse, conectarse y transformarse.
“Lo que nosotros quisimos lograr con los cepejitos fue habitarnos, conectarnos y transformarnos. Esos fueron los tres temas que guiaron cada día del campamento”, explicó la asesora Valentina Lavín. Cada jornada se enfocó en un proceso personal y comunitario que incluyó reflexiones, manualidades, cartas anónimas, collages, conversaciones y momentos de silencio compartido.
Durante el primer día, habitarse significó detenerse a mirar hacia dentro. “Muchos no entendían el concepto al principio, pero se trató de reconocer lo que sienten, lo que quieren, lo que los hace ser quienes son”, detalló Valentina. El segundo día estuvo dedicado a conectarse con la historia personal y familiar, explorando cómo influye la crianza y el entorno en la construcción de la identidad.
El momento final, transformarse, invitó a resignificar la experiencia. “Creamos una croquera que empezó vacía y terminó llena de colores, escritos y emociones. Algunos se la pasaban entre ellos para dejarse mensajes. Fue muy bonito ver cómo se apropiaron de ese espacio”, compartió la asesora.
Además de las actividades reflexivas, hubo instancias de acogida fraterna y bienvenida a tres nuevas integrantes del grupo. La convivencia se fortaleció en los espacios más cotidianos: compartir la mesa, abrigarse junto al fuego, jugar bajo la lluvia o cantar todos juntos el himno del encuentro. “Aguacero”, de Perotá Chingó, se convirtió en el sonido de fondo que unió los momentos más íntimos y los más alegres. “Nos conectó con la naturaleza del lugar y con lo que estábamos viviendo por dentro”, destacó Valentina.
El testimonio de los jóvenes refleja la intensidad del encuentro. “Este fue mi primer campamento en esta bella comunidad, y lo recordaré siempre. Agradezco cada risa, llanto, consejo y aprendizaje. Necesitaba un espacio así de lindo”, compartió Valeska Bravo. Sofía Klesse agregó: “Me voy con el corazón ultra llenito. Gracias por este hermoso fin de semana. Todos los momentos los guardaré para siempre”.






















