Escribo esta columna el mismo día en que, aquí en Argentina, cumplimos cien días desde que el gobierno de Alberto Fernández decretó la cuarentena preventiva total en todo el territorio nacional. El área metropolitana de Buenos Aires -más conocida como AMBA- ha sido, a diferencia de las demás provincias argentinas, la zona en que esta medida no se ha levantado nunca, ni un solo momento. Cien días, desde el primero hasta el último, en cuarentena. Y yo llegué a vivir aquí dos semanas antes, por lo que, sin exagerar, podríamos decir que no conozco una Argentina sin pandemia.
Como podrán imaginar, esta realidad ha modificado por completo el ritmo y la dinámica del trabajo pastoral, aquí en la Parroquia San José de Libertad, Merlo. Una parroquia que, por cierto, es un verdadero buque lleno de grupos, espacios e instituciones asociadas, principalmente educativas y de promoción social. Es quizás la parroquia más grande y activa en que me ha tocado servir en estos años que llevo en la Congregación. Y prácticamente todo se ha visto trastocado por la llegada del Coronavirus.
Los primeros días, como era de esperarse, la sensación tenía mucho de novedad y curiosidad. Después de todo, ¿quién podía decir que le había tocado vivir una crisis sanitaria de esta envergadura? Era un acontecimiento histórico único. Sin embargo, nuestra esperanza, por supuesto, era que esta situación no se alargara demasiado y que, más pronto que tarde, pudiéramos retomar el trabajo pastoral en las escuelas y la parroquia (y en mi caso, iniciarlo). Pero no fue así y, tal como les decía, hoy nos aprestamos a cumplir todo un tercio de año en cuarentena, y quién sabe si será más que eso.
Así, por tanto, el paso de las semanas y los meses encuarentenados ha traído una sensación distinta: el cansancio y la impresión cada vez más creciente de que la muerte ha comenzado a rondar por nuestros barrios, tanto aquí como en otros lugares de la Argentina y también de Sudamérica. Eso que veíamos como tan lejano, de un momento a otro ha llegado a tocar las puertas de nuestros hogares y hoy día nos mantiene transitando entre la incertidumbre y la angustia.
¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo hacerle frente a esta situación tan incómoda como particular? Es difícil esbozar una respuesta demasiado clara, pero sí me resulta iluminador el lema con el que el gobierno argentino ha enfrentado esta crisis: “#ArgentinaUnida”. Personalmente, aún no me ubico para nada en el escenario político argentino, pero no ha dejado de llamarme la atención el trabajo conjunto que se ha realizado entre el Presidente Fernández, por un lado, el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, por el otro, y, especialmente, el del Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta. Los dos primeros son parte del oficialismo, de corte kirchnerista, y el tercero es más bien opositor, miembro del PRO y cercano al ex presidente Macri. Es decir, en estricto rigor son adversarios políticos que se disputan el poder. Pero, por lo menos en estos tres meses desde que llegué a vivir acá, he visto más bien unión y colaboración, al menos en esas tres figuras tan determinantes para la gente de nuestra provincia y nuestra ciudad.
¿Por qué planteo esto? Porque quizás ahí hay una muy sencilla pista de lo que todo esto debe sacar de cada uno de nosotros y nosotras: la capacidad de generar unión. Sobre todo en un momento histórico con las características y la exigencia de éste. La tentación, por supuesto, es al movimiento contrario: el asegurarse a uno mismo y a los suyos, no mirar demasiado hacia el lado y que ojalá cada pueda salvarse como pueda. En el fondo, es la llevada al extremo de la ideología liberal: cada cual se salva por sí sólo.
Por eso, la experiencia pastoral en un escenario como éste puede ser tremendamente relevante y llena de pasión, ya que estas situaciones logran empujar a la Iglesia a que salga de su comodidad y sea verdaderamente fiel a su misión, transformándose, así, en un verdadero bastión contra la desesperanza y el abandono. Nazarena y samaritana, pobre y solidaria. Lo hemos visto, de hecho, en diversos espacios Sagrados Corazones y, en nuestro caso acá en Libertad, también ha sido así. Hoy día, sin ir más lejos, prácticamente todas las capillas de nuestra Parroquia están llevando adelante merenderos u ollas populares. Nuestros templos, grandes y pequeños, se han abierto a moros y cristianos, a buenas personas y también a los que están más acostumbrados a hacer el mal. Todos ellos están pasando la misma hambre y desesperación, la lluvia también cae sobre todas sus cabezas y el frío les afecta sin importar su nombre, su país y su color. Y todos ellos han podido llegar a nuestra Iglesia en busca de comida y soporte.
Como les decía al principio, no conozco una Argentina sin pandemia, pero no me había dado cuenta de que tampoco conocía a esa Iglesia nazarena y samaritana como la de estos últimos tres meses. No deja de ser impresionante el hecho de que una situación tan dramática como ésta nos haya revelado un rostro tan hermoso de la Iglesia. ¿Cómo no sentir esperanza?










