Por René Cabezón Yáñez ss.cc.
Este miércoles de cenizas que da inicio a la cuaresma de este año, y por consiguiente a la Campaña Cuaresma de fraternidad, nos encuentra en pleno año de la misericordia. El papa Francisco no ha invitado a caminar estos meses jubilares practicando las obras de misericordia corporales y espirituales teniendo siempre a la vista el horizonte social de nuestra fe. Este Evangelio de Mateo, nos recuerda tres prácticas espirituales propias de la cuaresma: la limosna, la oración y el ayuno. Por cierto que no debemos pensar que con estas antiguas recomendaciones, más el sacramento de la reconciliación, ya tenemos cumplida la tarea de vivir fielmente este tiempo litúrgico. Debemos recordar que este llamado no vale porque lo dice el Papa actual, sino porque lo hizo Jesús de Nazaret.
Pienso que tenemos que profundizar, al menos, dos aspectos que nos deben animar este año:
- Crecer en la confianza en la inmensa misericordia de Dios para con todos nosotros porque constatamos, duramente, que en cada paso de nuestras vidas, la fragilidad; así el pecado no solo nos asecha sino que caemos en él, y esto no solo como personas, sino que fruto de este pecado nacen estructuras e instituciones que lo perpetúan (p. ejs. las guerras, la contaminación ambiental, el armamentismo, el narcotráfico), de manera que queda implicada toda la humanidad, y mi humanidad (empecatada). Baste para ello ver todos los días los noticieros de TV o constatar el cambio climático en los tv-tiempo, que acontece en todas partes del planeta.
En un mundo, y en una iglesia que tiene los “pies de barro” y camina con los “pies embarrados”, por nuestros pecados e incoherencias, siempre nos vendrá bien, hacer penitencia y acrecentar “un corazón desgarrado” (citando a Joel), pidiendo perdón. Por eso, debemos rezar todos los días por el Papa Francisco, como él nos lo pide – no solo por devoción piadosa cuaresmal – y, por nuestros pastores (donde estamos incluidos los laicos y religiosos/as), para que seamos buenos “pastores”, pero al modo de Jesús, implicándonos, con “olor a oveja”, será una buena tarea de vivir este “tiempo de Dios”; así estaremos más conscientes que somos creaturas frágiles y no perfectas.
- Y por otro lado, no solo comprometerme en el discurso y vida interior, sino proponerme “cambiar mi vida” y ayudar a la “conversión de los otros”, y a la transformación de las estructuras de pecado. Necesitamos “cambiar el mundo” para evitar que el mundo nos cambie a nosotros. Si miramos a nuestro alrededor constataremos que “el Dios de Jesucristo” cada vez tiene menos cabida en nuestra sociedad, y a veces, en nuestro propio corazón.
Por eso, cuaresma es un buen tiempo para purificar nuestras intenciones, nuestras vidas, nuestros modelos mentales que nos hemos construido, a veces con ayuda de otros “agentes evangelizadores” que nos han reducido a Dios, dejándolo a nuestro arbitrio. En esta cuaresma estamos llamados a “desgarrar nuestro corazón”, nuestras falsas creencias… Solo así tendrá sentido una verdadera cuaresma. Si no, podrán decirnos “¡no practiquen la justicia (y tus creencias)… como los hipócritas! Para ello, el camino que verifica esa “conversión del corazón” son y serán “los hermanos” (la alteridad), salir de sí, como personas y sociedad, especialmente yendo al encuentro del “prójimo más pobre y marginado” (migrantes, adictos, minorías, etc.) ¡Animémonos a vivir la cuaresma con sentido evangélico (fraterno-comunitario), aunque duela!, parafraseando al padre Hurtado.










