Primer domingo de Cuaresma 2016

Por Matías Valenzuela ss.cc.

Deut 26, 4-10; Rom 10, 8-13; Lc 4, 1-13

Estamos comenzando un tiempo especial, un tiempo diferente, al que se nos invita como Iglesia, es decir, como Pueblo de Dios. A nosotros nos toca comenzarlo en medio del verano, en el mes de febrero, en el que muchos están tomándose unos días de descanso, algunos fuera de los lugares donde residen habitualmente y muchos en familia, por lo mismo, es un tiempo en el que uno se despeja, se airea, duerme un poco más, toma sol y si es posible come algunas cositas ricas. Es un tiempo además para estar con los seres queridos, para compartir con un poco más de calma, sin apuro y disfrutar de paisajes y de experiencias compartidas, eso es muy hermoso y para los niños esos serán recuerdos imborrables. Y por si fuera poco, este primer domingo de cuaresma cae, este año, el 14 de febrero, es decir, el día de los enamorados, que también es hermoso y es una oportunidad para declararse y renovar el amor, profundizando el vínculo de aquellos que se han elegido para caminar juntos.

Ahora bien, tanto el tiempo del descanso veraniego, como el tiempo de cuaresma, son una oportunidad para revisar la vida, para hacer un poquito de silencio y detenerse, recordar y repasar lo vivido y ordenar un poco el corazón, la casa interior, a fin de poder retomar el camino con más energía y mejor enfocados. No desaprovechemos esta oportunidad que nos brinda el tiempo de la vida y especialmente el tiempo de la fe. Todo ello se da en medio de un año en el cual el papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia a vivir el año de la Misericordia, un año Santo, que comenzó el 8 de diciembre del 2015 y concluirá en la fiesta de Cristo Rey el 20 de noviembre del 2016. “Un año Santo extraordinario, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros” (Misericordiae Vultus 25). Agrega el Papa: “En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios contemplado en el rostro de Cristo […] En este año jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso <<Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos>> (Sal 25,6)” (MV 25).

Es tan intensa la convocatoria que nos hace el Papa que cada acontecimiento de la Iglesia debería estar atravesado por esta búsqueda de abrirnos a la misericordia de Dios. Es un llamado a realmente dejarse tocar por el amor compasivo y solidario de Dios, para ello el tiempo en que estamos, de preparación a la Semana Santa, es privilegiado, porque nos invita a ser conscientes de nuestras debilidades, de nuestro pecado y de nuestra fragilidad y dejar al Señor que nos toque y habite en nosotros justamente ahí con su amor que todo lo ilumina y todo lo sana. En el evangelio de hoy vemos al Señor sufriendo las tentaciones con lo cual nos muestra hasta qué punto compartió nuestra condición humana, por lo cual puede entendernos desde adentro y hacer suyo nuestro dolor y luchar con nosotros por esa patria que es el Reino de Dios. Jesús es el Salvador, pero lo es al modo del “sanador herido”, de aquél que ha sufrido todo por amor, cuya misericordia no es un barniz exterior, sino la fuerza renovadora que brota desde lo más profundo de sus entrañas.

El texto del Deuteronomio hablando de la liberación del pueblo de Israel señala: “Él vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel”. Pero a la luz del camino de Jesús se podría decir “él vivió nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión” y la fuerza liberadora de todas las cadenas brotó de su corazón para vida nuestra y es la que llamamos Misericordia de Dios. Renovemos nuestra vida y la vida de nuestra Iglesia, dejémonos tocar por este amor que hace nuevas todas las cosas y seamos para los demás, en este nuestro mundo, rostros de La Misericordia, para que muchos y ojalá todos podamos decir juntos, con el salmista: “Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». No te alcanzará ningún mal, ninguna plaga se acercará a tu carpa, porque Él te encomendó a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos. En sus manos te habrán de sostener para que no tropiece tu pie en alguna piedra; andarás sobre víboras y leones y pisarás cachorros y dragones. “Él se entregó a mí, por eso, yo lo libraré; lo protegeré, porque conoce mi Nombre; Si me invoca, yo le responderé, y en la angustia estaré junto a él, lo salvaré, le rendiré honores”.