En la solemnidad de la Asunción de la Virgen y Día de la Vida Consagrada, compartimos la reflexión de nuestro hermano René Cabezón sscc, tras participar en una jornada de prevención de abusos en Perú. Un llamado a la conversión, la valentía y la fidelidad para una Iglesia más profética y compasiva.
JORNADA DE PREVENCIÓN EN PERÚ:
UN TIEMPO DE MEMORIA QUE INTERPELA
Comparto algunas impresiones de mi participación en la reciente jornada formativa sobre prevención de abusos y buen trato, organizada por la Conferencia de Religiosas y Religiosos del Perú (CONFER). Este encuentro reunió a cerca de 50 superioras y delegadas de prevención de abusos de diversas congregaciones, y se realizó entre el 8 y el 10 de agosto en la casa de las Hermanas Misioneras Dominicas del Rosario, en Lima.
Hago esta reflexión desde un corazón conmovido y como creyente que camina junto a otras y otros. Más que compartir nuestros aprendizajes y vivencias sobre la herida abierta de los abusos en la Iglesia —y en nuestra propia provincia religiosa—, esta experiencia significó para mí un reencuentro con las vivencias de crisis que hemos atravesado en la Iglesia chilena y, naturalmente, en nuestra vida como religiosos SSCC.
Se dice que no se puede viajar al pasado. Sin embargo, la memoria —esa que brota del corazón y de las entrañas— puede ser un verdadero camino de regreso. A veces el recuerdo esperanzado nos guía; otras veces, lo hace el dolor o el trauma. En la fe veterotestamentaria aprendemos a mirar hacia atrás para descubrir allí la fidelidad de Dios, desde Abraham y Sara, padres en la fe. La historia sagrada es un constante ejercicio de memoria creyente. En Jesús, ese memorial alcanza su plenitud en la eucaristía, donde se nos invita a hacer presente su amor entregado.
Hoy, con algo más de distancia, puedo mirar aquel tiempo duro de crisis con una actitud de agradecimiento sereno por lo que nos ha dejado. No solo por el dolor, sino también por la purificación que ese dolor ha provocado en nosotros. La herida sigue ahí, como una cicatriz profunda en el alma de las víctimas o sobrevivientes y también en quienes fueron víctimas vicarias, testigos pasivos o cómplices.
Este camino ha sido de tierra, de humus y de vergüenza. Y esto me interpela.
Me asombra —y duele— constatar cuánto nos falta aprender como cuerpo eclesial (1 Corintios 12,12). La vida religiosa, en especial la femenina, tanto en Perú como en Chile y en otros lugares, avanza con pasos lentos y muchas veces contradictorios en este proceso de conversión.
Las emociones vividas en estos días me resultan familiares: el dolor, la frustración, la impotencia, incluso la rabia. Pero también ha brotado una empatía que nos llama y nos empuja a despertar la vocación profética que recibimos en el bautismo.
Valoro profundamente el papel que han jugado los laicos en Chile y en Perú, especialmente las víctimas, que con coraje y verdad han impulsado a la Iglesia hacia una mayor autenticidad evangélica.
Salí de este encuentro con el corazón apretado, reconociendo la impotencia frente a la jerarquía eclesial —obispos, sacerdotes— que muchas veces no logran o no quieren impulsar un cambio real. La negación de los abusos, ya sea por afecto hacia los implicados, por ceguera o por miedo, sigue siendo piedra de tropiezo, resistencia y escándalo.
Debemos insistir en que la minimización de los delitos, o la confianza ciega en los procesos canónicos y civiles —largos y complejos—, no conducen necesariamente a una verdadera reparación. Reparar significa devolver, al menos en parte, la dignidad a quienes han sido heridos. Y esto se vuelve más desafiante cuando la propia vida religiosa (femenina y masculina) se suma a actitudes que revictimizan a las personas afectadas.
Por ello, la invitación es a seguir rezando por la vida religiosa de esta querida Iglesia hermana, y también por la nuestra. Que el papa Francisco —desde el misterio del Reino donde habita Dios— pida a Jesús que envíe su Espíritu Santo, y que fortalezca e ilumine al papa León XIV como discípulo de Cristo y del pueblo santo de Dios que peregrina en Perú. Que el Señor nos regale valentía, humildad y fidelidad a su persona.
Solo desde ahí será posible una Iglesia verdaderamente reparadora, compasiva y profética.
René Cabezón Yáñez sscc










