Vivir el duelo con esperanza: una mirada de fe ante la muerte

En estos días en que recordamos a nuestros seres queridos que han partido, nuestro hermano Rafael Domínguez sscc nos invita a contemplar la muerte no como final, sino como paso hacia la vida plena en el Señor. En su artículo “Ante la muerte, el duelo como servidor de la esperanza”, nos ofrece una mirada creyente y sanadora sobre cómo vivir el duelo desde la fe.

 

Ante la muerte, el duelo como servidor de la esperanza.

Por Rafael Domínguez Johnson, sscc.

 

Muchas veces, cuando he preguntado en algunas asambleas si quieren ir al Cielo, toda la asamblea responde que sí, sin embargo, al momento de preguntar si alguien se quiere morir, nadie levanta la mano y yo tampoco. Es muy fuerte en el ser humano el deseo y fuerza de la vida, por lo mismo, la realidad de la muerte no es algo que -por lo general-miremos en un primer momento con simpatía. Esto no quita, que muchas personas que tienen una fe y esperanza vividas con fuerza miran la muerte al modo de san Pablo: “Porque para mí la vida es Cristo y morir una ganancia. Pero si mi vida corporal va a producir fruto, no sé qué escoger. Las dos cosas tiran de mí: mi deseo es morir para estar con Cristo, y eso es mucho mejor; pero para ustedes es más necesario que siga viviendo” (Flp 1, 21-24).

A partir de estas realidades, en este pequeño artículo, comparto con ustedes algunas pistas que nos pueden ayudar a crecer en la perspectiva paulina de mirar la muerte y acoger esta realidad desde la vivencia de un duelo que desemboque en una fe y esperanza más fuerte en el Señor Jesús, vividas con paz y alegría del corazón.

  1. La muerte nos entristece e inquieta.

Una de las cosas que me impactan cuando voy al cementerio y miro las lápidas de quienes han partido, es ver las fechas de nacimiento y de muerte, ya que esas fechas nos hablan de su compartir, su relacionarse con otros(as) en esta vida; esos han sido sus pasos en medio nuestro y con sus muertes han salido de la historia. Aquí hay una clave interesante de por qué nos aflige la muerte, ya que, al salir una persona de la historia, dejamos de interactuar y relacionarnos con quien ha partido de la manera que estamos habituados, echamos de menos compartir y hasta los ritos o costumbres con quien se nos fue de este mundo. Eso a los deudos nos cuesta, no sólo por ello, sino que también, el tomar  conciencia de que nosotros también saldremos de la historia, más tarde o más temprano de lo que pensamos, quedando en evidencia lo frágiles que somos, junto con el deseo y gusto que tenemos de ser parte del día a día y de la vida de los demás explícitamente; por ello, el dolor de la muerte es por quien falleció y por nuestro propio fallecimiento -que llegará- sumándose a esto, la conciencia de que también mis seres queridos, también morirán, sin saber cómo ni cuándo.

La incertidumbre de la muerte es algo que nos inquieta, no sabemos ni el día ni la hora, sin embargo, es mucho mejor no saberlo, eso le da un dinamismo distinto a la vida, se nos hace más exigente el tratar de cada momento vivirlo de la mejor manera. Nuestra fe y esperanza puestas en Jesús nos animan a vivir dando lo mejor de nosotros(as) mismos(as), en cada momento, buscando crecer en el amar al modo de Él.  No siempre nos resulta y ello nos lleva a vivir en permanente conversión. Si supiéramos el momento de nuestra muerte, ese dinamismo del cada día, tal vez -y creo que lo más probable- no se daría.

  1. El Duelo como camino de sanación.

El duelo no es un mero dolerse por quienes han partido a la Casa del Padre, no es un estar en permanente sufrimiento, esperando que el tiempo diga otra cosa. El duelo es un camino para asumir desde la fe y la esperanza en Jesús, la muerte de alguien cercano o de muchas personas queridas, buscando que ese dolor se transforme en una “extraña alegría”, que sólo se entiende desde la mirada creyente en Jesús. Es el camino de la pena por lo ocurrido al gozo de saber que quienes han partido reciben nuestro amor y siguen amando desde el Señor, es el viaje de la tristeza por la separación permanente en esta vida a la alegría del abrazo eterno en el Reino de Dios con nuestros seres queridos, gozando para siempre de la plenitud de la Gloria de Dios, con todos y todas quienes estemos ahí, en una comunión de amor eterna.

Para llegar a lo anteriormente dicho, es importante el no hacerle el quite al duelo, hay que vivir el proceso, sin ponerle tiempo, ya que cada persona lo vive de manera distinta. Es verdad que hay muchas cosas que suelen ser comunes, pero cada persona lo vive de una manera única e irrepetible, porque somos únicos. Esto nos debe llevar a respetar los procesos de cada persona, sin buscar uniformar. Es verdad que hay expertos en el tema, que suelen distinguir las distintas etapas del duelo, sin embargo, con ello no buscan igualar las experiencias, sino -creo yo, porque no soy científico en esta materia- dar contenido para que pueda reconocer de alguna manera el cómo va mi duelo, tal vez que le falta, desde una mirada general, que no pretende negar, manipular e invalidar el proceso en cómo lo vive cada persona. De hecho, esas etapas no deben llevar tiempo propiamente tal.

En una cultura predominante, donde el dolor suele ser mirado negativamente y en donde la técnica resuelve tantas cosas de manera tan rápida, hay que recordar que los procesos humanos son lentos, hay que tenerse y tener paciencia.

Miremos ahora, algunas cosas que nos pueden hacer bien para vivir el duelo como camino de sanación, que nos lleve a crecer en la fe y esperanza. Lo hago a modo de algunas ideas al modo de pinceladas, que se pueden ir profundizando personal y comunitariamente.

  1. La experiencia Paulina: “mi deseo es morir para estar con Cristo” (en Flp 1,23).

Para que Pablo, llegue a decir una cosa así, es porque ha tenido una experiencia de Cristo muy profunda. Por ello, es muy importante, que en nuestra vida tengamos experiencias permanentes con el Señor, para en ese más relacionarnos con Él, vaya aumentando nuestro deseo de gozarlo plenamente. Es esa experiencia la que hace ver la muerte de una manera distinta y mirarla como la miraba san Pablo. Es lo que podemos llamar el “alimentarnos de experiencias teologales”, de manera permanente, ya que, si no cuidamos la relación con el Señor, la fe y la esperanza se pueden “secar” en nuestro corazón; por lo mismo: leer la Palabra de Dios todos lo días (especialmente los Evangelios), orar sin desfallecer, celebrar los sacramentos -de manera especial la eucaristía-, tener acompañamiento espiritual que me ayude a ir leyendo mi vida desde la fe, amar y servir a los pobres, etc.

  1. La experiencia de los discípulos de Emaús: “Y se dijeron uno a otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

Los discípulos de Emaús (ver Lucas 24,13-35), nos muestra entre muchas cosas, la experiencia del duelo que llevan por el camino, por la muerte de Jesús. En ese camino, Jesús resucitado le sale al encuentro, sin darse a conocer, dejando que ellos puedan contar su dolor, para luego iluminarlos con la explicación de las Escrituras. En el duelo, dejemos que el Señor nos acompañe. Muchas veces, la reacción es de enojo con Él, sin embargo, es mejor, tenerlo como compañero de camino, que nos va ayudando a que nuestro corazón arda al modo de los discípulos de Emaús, como lo comentan luego de haber vivido la experiencia de haber reconocido a Jesús resucitado.

  1. La experiencia de la resurrección de Lázaro: “Jesús les ordenó: Retiren la piedra hacia un lado” (en Jn 11, 39).

El relato de la resurrección de Lázaro conviene leerlo en toda su extensión en Jn 11, 1-44, porque nos da muchos elementos frente a la experiencia del duelo, en donde uno de los aspectos que más me llegan al corazón es en el versículo 35: “Entonces Jesús comenzó a llorar”. Jesús vivió la experiencia del duelo y pasó por la experiencia del llanto. Muchas veces he escuchado personas que se impiden llorar porque tienen fe y encuentran que es falta de fe el llorar; Jesús, nos demuestra lo contrario, Él le da legitimidad a nuestras lágrimas.

Ahora bien, Jesús pide que saquen la piedra que tapa la tumba de su amigo Lázaro, para invitarnos a sacar la piedra de nuestro corazón, que nos lleva a no mirar la muerte como la servidora de nuestra pascua, desde la experiencia de la muerte y resurrección de Jesús.

Lázaro sale de la tumba revivido por Jesús, con todos los signos de la muerte (ver Jn 11, 44), para decirnos en su Palabra, que los muertos, para Él están vivos.

Estas son algunas pinceladas, que nos pueden ayudar a la  vivencia del duelo, se podrían dar muchísimas más, sin embargo, no quiero extenderme tanto, espero que estas pocas líneas sean de ayuda para quienes están pasando momentos de duelo y lo puedan vivir sabiéndose acompañados por el Señor de la Vida.

Serie de videos sobre Acompañamiento en el duelo

A continuación, compartimos una serie de diez videos realizados por nuestro hermano Rafael Domínguez sscc durante el tiempo de pandemia. En ellos, Rafael ofrece una profunda y cercana reflexión sobre el proceso del duelo, con el deseo de acompañar y sostener a quienes enfrentan la pérdida de un ser querido. Estos videos forman parte de un trabajo que él ha venido desarrollando desde hace años en torno al tema, integrando la fe, la escucha y la esperanza cristiana.