Noticias

¡Ayudemos al norte!

Nuestros hermanos que viven desde este año en Diego de Almagro nos envían noticias desde allá. Toda ayuda es bienvenida, les dejamos los datos de la parroquia para que quienes puedan donar lo hagan.

Titular de la cuenta corriente: Parroquia Espíritu Santo
Banco: Banco Estado
Nº 11700006141
RUT de la Parroquia: 70.055.505-4
Correo electrónico parroquia: parroquiadiegoinca@gmail.com
Correo alternativo: emorenolaval@gmail.com

Fuente: Blog Misión Atacama

DE ALUVIONES Y ESPERANZAS

Se hace de noche el 12 de mayo en Diego de Almagro. El cielo se ha puesto muy oscuro. Las nubes son densas, “de mal color”, dice un vecino. Algunas gotas presagian algo mayor. En la cordillera ha nevado mucho, “pero ahora va llover aquí”, agrega el mismo vecino. A las 20:00 comienza a llover suavemente, y cada vez más fuerte. La gente empieza a prepararse, cerrando bien las casas, poniendo tablas, amontonando sacos con arena en la base de las puertas, protegiendo los enseres valiosos en un lugar más alto. Algunos prefieren pasar la noche en casas de familiares o de amigos que viven en sitios más seguros. “Mire que, si se viene de nuevo el río…” Hay preocupación en miradas inquietas, llenas de silencio.

Vino entonces lo peor…

En la madrugada del día 13, a las 3:05 de la mañana, somos despertados por la alarma insistente de la sirena de bomberos. Hay orden estricta de evacuar inmediatamente la llamada “zona roja”, aquella situada en las inmediaciones del cauce del río Salado. El río ya viene con mucha agua y mucha fuerza. La evacuación es rápida, oportuna, obediente. Algo se había aprendido hace dos años. En nuestra comunidad, nos levantamos de inmediato y nos dirigimos al albergue ya instalado, como en 2015, en la escuela Aliro Lamas. Seguía lloviendo, intermitentemente. La lluvia continuó hasta las 9 de la mañana, sin detenerse. Como a las 10:30, se aclaró el cielo y apareció el sol. Entonces pudimos dimensionar todo lo que había ocurrido.

Recorriendo la ciudad

Gabriel y Enrique sacan el agua de la parroquia

El nuevo desastre estaba a la vista. La ciudad entera estaba cubierta de barro. Si, en esas horas, alguien hubiese llegado a ella, sin conocerla antes, habría creído que nuestras calles centrales todavía eran de tierra. El barro escondía totalmente su pavimento.

En la tarde del 12, Gabriel había viajado a Inca de Oro. Quiso regresar en la noche, pero no pudo. Era imposible cruzar. Pero lo consiguió en la mañana del 13. Nos pusimos entonces a recorrer la ciudad de este a oeste, de norte a sur. Era necesario saber exactamente qué nos estaba pasando, pero, sobre todo, estar con la gente. El río hizo su tarea, pasando a llevar las casas que se habían mantenido al borde de su cauce, e incluso reconstruidas allí mismo.

Pero comprobamos además que se habían registrado situaciones que no ocurrieron en 2015. Dado que esta vez no solo llovió en la cordillera sino también en el valle y en la costa, diversas quebradas se desbordaron por el norte y por el sur de Diego. Por el norte, fueron afectadas las tomas de terreno existentes en el sector alto de la ciudad; por el sur, fue afectada la villa de emergencia, que había surgido después de 2015, en un “lugar seguro”, lejos del río.

Diego vulnerable

Diego volvía a mostrarse vulnerable. Hubo gente que por segunda vez perdió todo. Otros, que no fueron dañados en 2015, lo fueron este 13 de mayo. Durante el reciente fin de semana, toda la ciudad estuvo muy activa. Por las calles, los vecinos con sus palas sacando agua, sacando barro, limpiando casas. En el albergue, preocupación mayor por ancianos y niños. En las oficinas municipales, tensas reuniones para ver modo de paliar las emergencias y organizar una situación de por sí caótica. Desde la radio, informando en detalle, escuchando a la gente, dando ánimos. En nuestra parroquia, todos empeñados en organizar la ayuda y hacerla efectiva, en la medida de nuestras fuerzas. Además, estar con la gente, acompañar, escuchar, abrazar, contener.

Las eucaristías del domingo fueron un remanso para estar juntos y reavivar la confianza en un Dios Padre que no nos deja, y que nos anima en Jesús a ser hermanos y hermanas entre todos.