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100 años de Violeta

Por Alex Vigueras ss.cc.
Superior Provincial

Cuando la entrevistadora[1] le preguntó: “Violeta, usted es poeta, es músico, hace arpilleras, hace pinturas. Si le dieran a elegir uno solo de estos medios de expresión, ¿cuál escogería usted…si no tuviera más que una sola forma de expresión?”; Violeta respondió: “Elegiría quedarme con la gente”. “¿Y renunciaría a todo esto?”, insistió la entrevistadora algo sorprendida. “Es la gente la que me impulsa a hacer todas estas cosas”, respondió Violeta con decisión.

¡Qué claridad la de Violeta para comprender que ella se debía a su gente! Que su vocación de artista no era para lucirse ella, no era solo por el aplauso. Violeta se comprende a sí misma como portavoz de su pueblo. Por eso sus versos están cargados del dolor, la injusticia, la humillación de su gente. Pero, no quiere ser solo una cronista de su tiempo, sino también portadora de esperanza. De esa esperanza telúrica contenida en la rebeldía, en la lucha, en la toma de conciencia, en el amor.

¡Qué bien nos haría esta lucidez de Violeta!

Que en la Iglesia comprendiéramos que lo más importante no es hacer carrera; que lo principal no es tener templos suntuosos, ni el prestigio alcanzado, ni la cercanía con los que están en el poder. ¡Qué bien nos haría volver a tomar conciencia de que nos debemos a la gente! Especialmente a los que están peor. A ellos debiéramos volcarnos con la misma pasión de Jesús.

Que en la política comprendiéramos que lo más importante no es asegurar los votos de la próxima elección, ni el poder alcanzado, ni el porcentaje de la última encuesta; sino el bienestar de la gente, la búsqueda de una vida más digna para todos.

Que en la vida comprendiéramos que lo más importante no es el propio bienestar, la satisfacción de mis deseos, el logro de mis propias metas, sino la vida entregada a los demás. Así como don Clotario Blest nos decía: “La única forma de ser felices es luchando para que los otros sean menos infelices”.

Violeta se quedó con la gente y allí encontró la fuente de su alegría. Esa alegría que en medio del dolor, la incomprensión, el desamor, el cansancio, la llevó a cantar “Gracias a la vida que me ha dado tanto”.

[1] Madeleine Brumagne de la Sociedad Suiza de Radiodifusión, cuando entrevista a Violeta en su taller de Ginebra, en 1964. Cf. García, M. (ed.), Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas (1954-1967). Santiago: Catalonia, 2016, pp. 74-75.

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