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Mi viaje a Roma (II)

Esto viene largo pero vale la pena. La continuación del periplo de Sergio en Roma donde se sigue develando su humanidad: su único sentido del humor, su gusto por los perros amarrados a sus amos, su escasa cercanía con los niños y las burbujas, las razones de su larga permanencia en la misma facultad, y la suerte que tiene el relator de la Causa de Esteban de tener un “medio pollo” como Sergio. ¡Buena lectura!

Por Sergio Silva ss.cc.

Retomo el hilo del relato de mis andanzas romanas corrigiendo un error que cometí al final del “capítulo” anterior: el relator de la causa de Esteban no es carmelita sino franciscano conventual.

Me he ido aclimatando bien. Al comienzo, el sueño andaba bastante mal. No tanto porque despertaba varias veces en la noche, cosa que es normal a mi edad, siempre que no sean más de tres, como aprendí de una profesora de la Católica, experta en sueño. Mi problema era que si despertaba a eso de las 3 o poco más tarde, ya no me podía dormir de nuevo, con lo que las horas de sueño se me acortaban mucho. Pero ya hace días he vuelto a la normalidad. La causa del problema no era el cambio de hora entre Chile y Roma; esos cambios nunca me han afectado mucho, y menos en esta dirección; en la otra, de este a oeste, una vez quedé aproblemado durante dos o tres días. La causa esta vez, me parece, es la tensión que me ha provocado el cambio, que es bastante radical: dejo la Facultad, en la que viví 44 años, sabiendo que ya no volveré a ella; dejo la provincia, la familia y los amigos/as, aunque sé que lo más probable es que vuelva, pero luego de un año laboral entero; dejo mi trabajo habitual, que en el último tiempo era sobre todo escribir, un trabajo que me da mucho gozo, y vengo a Roma para iniciar un trabajo desconocido, que no sé hasta qué punto lo podré hacer bien, de manera que pueda colaborar positivamente en la beatificación del “Tata” Esteban.

Esta tensión yo no la he sentido, es decir, no me he sentido conscientemente tenso; pero mi cuerpo, mis “células” la deben estar sintiendo, porque les cuesta dormir. Ahora las cosas están mejor. Una buena conversa con Alberto me ayudó, porque al tener que expresar lo que me pasaba empecé a ver más claro dentro de mí. También ha sido positivo el hecho de que me he sentido cómodo en la comunidad, porque los hermanos me han acogido muy bien. Además, Roma es una hermosa ciudad, que Alberto me ha ido mostrando en los fines de semana, salvo este último, que nos “aguó” literalmente la excursión proyectada a un pueblito en las afueras de Roma, porque se desató un aguacero primaveral.

La comunidad es interesante, aunque con dificultades. Una primera dificultad es la lengua. Oficialmente se habla italiano, pero no es la lengua materna de ninguno, lo que hace que no tengamos mucha seguridad sobre si estamos diciendo las cosas como se deben decir o no. Además, pareciera que alguno(s) ha(n) decidido no aprenderlo. Porque somos varios “pares”: dos españoles, dos indonesios, dos congoleños y dos chilenos; los otros dos, para completar los diez que somos, son un irlandés y un indio (o sea, un par de habla inglesa). La tentación, por supuesto, es conversar con los “suyos” en “su” lengua, tentación que para nosotros, los de habla castellana es más fuerte, no solo porque somos cuatro sino porque las reuniones de los cinco miembros del gobierno general son en castellano. En el gobierno están los dos españoles y Alberto; los otros dos no pueden hacer causa común porque son un congoleño y un indonesio: han debido aprender castellano. Sin embargo, tratamos de ser fieles al hecho de que vivimos en Italia.

Además de los cinco miembros del gobierno general hay tres “funcionarios” (ahora, conmigo, cuatro) y un estudiante congoleño que está terminando un posgrado en derecho canónico en la universidad gregoriana y debería partir de regreso a su tierra en junio o julio. Los funcionarios son el secretario general, el ecónomo general y el postulador, que es el encargado de mover las causas de beatificación, que en este momento son tres: el fundador (el “buen padre”), cuatro hermanos asesinados en París en 1870 durante un levantamiento popular conocido como “La comuna”, y Esteban. El postulador acompaña de cerca también el proceso de la fundadora (la “buena madre”), aunque de este se encargan en primer lugar nuestras hermanas.

Fuera del asunto de la lengua, que es tan importante para una comunicación más profunda, hay otro problema menor: los miembros del gobierno pasan bastante tiempo fuera de la comunidad, visitando otras provincias. En el mes que llevo aquí solo han estado todo el tiempo dos de ellos: Alberto, porque está haciendo el mismo trabajo mío para el proceso del fundador, y Pankras, el hermano indonesio que hizo hace dos años la visita a la provincia chilena. Los otros tres han estado bastante tiempo fuera y uno de ellos llega recién mañana.

La comunidad tiene un ritmo de vida cotidiano y semanal que me gusta y me hace mucho bien. Pareciera que mis células están hechas para una vida casi siempre igual; el “casi” es porque les encanta (y por supuesto a mí también) algún cambio de vez en cuando. Cada día tenemos a las 6.45 oración (laudes y eucaristía), seguida del desayuno; luego nos fondeamos en nuestros lugares de trabajo (puede ser la pieza o una oficina: hay cuatro hermanos que tienen oficina). Almorzamos a la 1, rezamos en la tarde a las 7.45 y luego comemos. Casi no hay tele.

Dos señoras trabajan en la casa. Patrizia hace la comida, Monika se preocupa del lavado de la ropa y del aseo de la casa. Patrizia es italiana, más propiamente romana; lleva como 20 años trabajando; me he entendido muy bien con ella. Monika es polaca, pero casada acá y con hijos romanos; por su trabajo, nos vemos muy poco, pero siempre muy cordialmente. Ambas trabajan solo en la mañana, aunque Patrizia se va después de almuerzo, porque deja todo lavado: la loza, los cubiertos y las ollas. Nosotros levantamos siempre la mesa y lavamos al desayuno y a la comida de la noche, y dejamos puesta la mesa para la comida siguiente. Es también un hermano el que prepara el café para el desayuno y se preocupa del pan. Siempre hay muchas cosas que ponerle al pan; ahora estamos gozando de unas mermeladas hechas por las monjas carmelitas de San Remo, que llegaron de regalo, y que me parecen absolutamente “posmodernas”, porque son de combinaciones curiosas, como limón y jengibre, piña y coco, algo que no me acuerdo y pimentones picantes; o de frutos extraños como mapo (híbrido de mandarina y pomelo). El sábado y el domingo la comida la prepara uno de nosotros, que se ha inscrito libremente en una lista que hay en el comedor, en la que no me he inscrito todavía. Tengo una posibilidad: se acepta también que el almuerzo en esos días sea comprado; así evito el repudio universal. Los domingos el almuerzo empieza a las 12 y media con un gratísimo aperitivo que, a mi juicio, bastaría como almuerzo.

Desde hace un tiempo –tres años, si no me equivoco– en la casa se acoge a un inmigrante sin techo, por un tiempo, mientras encuentra un lugar más definitivo. Por el “año de la misericordia” al que nos llamó el papa Francisco, desde el 2016 son dos nuestros huéspedes: Malik, de Senegal, y Abdoulaye, de Togo, ambos musulmanes; uno trabaja, el otro estudia; son cordiales y muy serviciales. Malik nos ha hecho ya dos domingos un rico almuerzo, desplegando sus capacidades de cocinero profesional que es.

Nuestra “casa” es un edificio de departamentos de 7 pisos (contados a la chilena) o 5 (contados a la italiana, que llama a nuestro primer piso “pian terreno” y al último –habitualmente más pequeño, porque está metido en el techo– “ático”); en cada piso hay dos departamentos de tres dormitorios, dos baños, sala y cocina, distribuidos en torno a un ancho pasillo central. Hace algunos años se hizo un arreglo en los pisos que habitamos y se dejaron en cada departamento 4 dormitorios con baño. Hay varios pisos dedicados a oficinas de la casa general; el “pian terreno”, muy pequeño, es el archivo y tiene también un pequeño museo, donde se encuentran las cuatro tabletas mejor conservadas con escritura “rongorongo” de la isla de Pascua (en todo el mundo hay solo 14, que se salvaron de ser consumidas como leña, cuando los isleños olvidaron su escritura). El piso que sigue (el 1°, contado a la italiana) tiene a un lado la inmensa cocina con todas las dependencias para guardar las menestras, y el lavadero; al otro, una gran sala de conferencias. En el 3° hay oficinas y en el “ático” a un lado una sala de biblioteca y de televisión, al otro un depósito de materiales de escritorio y de libros y folletos publicados por la casa general. Yo vivo en el 5°, en una pieza muy grande y cómoda, como de 6 metros por 6, que da al amplio balcón que rodea cada departamento por tres lados, en el que salgo a dar una caminata como de media hora a mitad del trabajo de la mañana.

Con Alberto hemos hecho gratos paseos los fines de semana, siempre después del almuerzo. El domingo 12 salimos con Beatriz Montaner, chilena que está en la casa general de las hermanas como secretaria general y archivista, y recorrimos el Aventino, una de las colinas de Roma. El día estaba soleado, pero frío. Había mucha gente en los parques: familias completas, de abuelos a nietos; parejas de pololos o de matrimonios jóvenes con sus niños en coche; grupos de adolescentes dedicados a sus teléfonos; niños en bicicleta; no faltaban los “artistas” que tocaban algún instrumento o cantaban por unas pocas monedas. Desde mis primeras visitas a Roma –la primera fue en marzo de 1969– me impresionó cómo en las plazas y parques la gente de las distintas edades está haciendo lo suyo sin molestar a otros ni molestarse por lo que hacen otros; puede haber en una plaza jubilados sentados conversando o jugando a las damas, al mismo tiempo que niños juegan (en el mismo espacio) a la pelota. Y eso lo he percibido de nuevo en estos días. Es, por lo demás, lo mismo que pasa en la calle con los autos, las motos y demás tipos de vehículos; pareciera que la norma no escrita que regula la vida en común es: yo dejo hacer al otro lo que necesita o quiere hacer, porque sé que a mí también me dejarán hacer lo que yo quiera o necesite. Lo que me parece de una profunda humanidad. Ese domingo terminamos con Alberto y Beatriz comiéndonos una exquisita pizza en el Trastévere, para celebrar los 49 años de Alberto, cumplidos en la semana, los 50 de religiosa de Beatriz (aunque ya habían sido dignamente celebrados el mismo viernes que llegué) y mi llegada.

El sábado siguiente, 18, almorzamos con Alberto donde las hermanas y salimos luego con Beatriz y Milagros, una hermana española que ayuda a Beatriz en sus tareas; nos juntamos a las 3 en una estación de metro con Gonzalo Silva, un jesuita al que conocí de alumno en la Facultad y que ahora está de superior en una casa en que viven los 20 jesuitas que trabajan en Radio Vaticana (que incluye TV) y unos 40 hermanos jubilados, algunos de los cuales ya postrados en la enfermería. Alberto nos había preparado una visita al cementerio de los no católicos (análogo al cementerio de disidentes de Valparaíso). Para entender esto, hay que recordar que hasta 1870 Roma era la capital de los Estados pontificios, un país del que el papa era el soberano; y ejercía el poder como rey absoluto, sin parlamento ni ningún contrapeso. Pero en Roma vivían también personas y familias no católicas, o morían turistas no católicos de paso; por eso, a comienzos del siglo XIX se destinó un sitio, fuera de los muros de la ciudad (en rigor, pegadito al muro) para cementerio de no católicos. Ahí se encuentran grandes poetas románticos ingleses y alemanes, de esos que morían de tisis recién pasaditos los 20 años; muchos cristianos ortodoxos, algunos judíos, incluso ateos confesos, entre los cuales está Antonio Gramsci, fundador del partido comunista italiano, condenado a prisión en 1928 y que muere en la cárcel en 1937. Me impresionó que su tumba, en las dos horas que duró nuestra visita, fue muy visitada, sobre todo por grupos. Para mi espalda no hay nada peor que este tipo de visitas, en que se está mucho tiempo de pie, se dan unos pasos cortos y lentos y se vuelve a detener; al final estaba bramando por un asiento. Como era la hora de cierre, salimos. La propuesta de Alberto era tomar un café con un pastel en un determinado local cerca del cementerio. ¡Oh maravilla! el local estaba repleto e incluso había gente esperando que se desocuparan mesas. Eso hizo que Alberto tuviera que acordarse de otro lugar, a unas tres cuadras. Daba a una plaza cuadrada, como las nuestras, llena como es costumbre, de niños, viejos, familias y perros (pero siempre con su respectiva cuerda). Había un vendedor de unas pompas de jabón como no había visto nunca: enormes (alguna se acercada al metro de diámetro) y muy durables (hasta un medio minuto, me pareció), aunque era difícil saberlo, porque los niños corrían detrás de ellas para reventarlas. El local se llamaba “El oasis de la cerveza”. Le hacía honor a su nombre, porque la carta de las cervezas era de muchas páginas; las cervezas belgas, que eran las más numerosas, ocupaban nada más que 6 páginas. Pero lo mejor de este oasis es que tenía buffet libre. Por 10 euros (creo que es poco menos de 7 lucas) se podía comer lo que uno quisiera de unos 15 platos diferentes y de unos 10 postres; y ese precio incluía también la cerveza. Nosotros fuimos los primeros clientes; al salir el local estaba lleno, dentro y en la vereda: ¡con ese precio, era lógico!

El sábado 25 fuimos con Alberto al consulado chileno a cambiar nuestra inscripción para poder votar en noviembre. El domingo fuimos a ver una hermosa película norteamericana (Manchester by the sea) y luego –en otra tarde primaveral muy hermosa– recorrimos el Pincio, que debe ser el parque más grande de Roma, con hermosas colinas verdes arboladas y, por supuesto lleno de familias, gentes y perros (educadamente amarrados a sus amos). Los romanos saben vivir y se los ve, por lo menos en estos fines de semana de primavera, muy alegres.

Finalmente –porque me estoy cansando y, si algunos han llegado hasta aquí, los estoy cansando– algo sobre mi trabajo. La primera etapa consiste en elaborar el llamado “Summarium testium” (sumario de los testigos). Me explico. En el proceso que se hizo en Santiago, el juez de la causa de la beatificación de Esteban entrevistó a 72 personas, haciendo a cada una un conjunto de 71 preguntas. Las respuestas están consignadas en 4 volúmenes de poco más de 1.300 páginas en total. El “Summarium” que tengo que hacer no es un resumen o síntesis sino un extracto textual de lo que, a mi juicio, es más significativo en las respuestas de cada testigo; si a una determinada pregunta todos responden lo mismo, debo escoger una sola y eliminar todas las demás. Solo hay que dejar en el “Summarium” lo que aporta algo nuevo, aunque sea un pequeño matiz. En la primera entrevista con el Relator (ver el final del capítulo 1° de esta saga) –que es el que presenta este trabajo, yo no soy más que su “medio pollo” (yo le hago el trabajo a él)–, me mostró un “Summarium” ya hecho, para otra causa: se va presentando testigo por testigo con las respuestas que el relator (o sea, yo, aprobado por el relator) ha querido dejar consignadas. Debido al modelo que me mostró, yo intenté empezar a trabajar así, y elegí a 5 testigos, para probar y mostrarle mi trabajo a él. Pero me di cuenta de que no era fácil reconocer si una determinada respuesta repetía un dato o una apreciación ya dicha por un testigo anterior. Entonces decidí no trabajar testigo por testigo sino pregunta por pregunta. Como las respuestas a cada pregunta están dispersas a lo largo de las 1.300 páginas de los 4 volúmenes de testimonios, pedí que me mandaran de Santiago los archivos correspondientes, y los convertí en una tabla word de 3 columnas: a la izquierda el número de la pregunta, al centro el texto de la respuesta, a la derecha el testigo, identificado por un número. Luego junté todas estas tablas en una (en rigor en 4, para no hacer un archivo demasiado pesado y difícil de maniobrar) y las ordené por pregunta. Y ya he empezado a seleccionar en cada pregunta las respuestas que me parecen las más adecuadas para el “Summarium”. Fueron 3 semanas de arduo trabajo en el computador –matizadas con la lectura de los testimonios, muy a menudo tremendamente emocionantes– que, me parece, no han sido para nada perdidas, porque ahora voy a ir “como cuete”. Hoy (en rigor ayer, porque esto lo escribí ayer martes y lo estoy pasando al computador hoy miércoles) tuve mi segunda entrevista con el relator, preparé dos preguntas y se las llevé como muestra, y parece que las encontró bien encaminadas. Por eso, ahora me dedico a este trabajo; una vez que haya terminado la selección, junto en una tabla lo seleccionado y lo ordeno por testigo, obteniendo casi listo lo que debe ir en el “Summarium”. Solo queda por añadir la identificación del testigo, su cualidad (conoció a Esteban personalmente o de oídas y para qué parte de su vida) y una apreciación mía sobre el valor de su testimonio, justificando lo que he eliminado. El total de este “Summarium” no debe ser más de 150 páginas.

La oficina del relator está en uno de los edificios del costado de la plaza de San Pedro. Ayer martes, cuando fui a la entrevista, hacía una espléndida mañana de primavera. Me fui caminando, demoré 1 hora 5 minutos hasta la puerta de su oficina en el 4° piso. ¡Hacía tiempo que no caminaba así, de verdad, desplazándome de un punto a otro en la ciudad! Ahora (siempre el martes), mientras escribo después del almuerzo, el cielo se ha ido nublando más y más y con nubes cada vez más negras, cumpliendo el pronóstico que decía que en la tardecita habría tormenta eléctrica y un par de aguaceros. Ya he sentido, muy a lo lejos, el resplandor de algunos relámpagos.

Hoy miércoles, termino de pasar lo escrito ayer al computador. Al final llovió, pero no fue largo ni demasiado intenso. Hoy está pasando lo mismo: linda mañana primaveral, pero pronóstico de tormenta y aguaceros para la tarde.

1 comentario en Mi viaje a Roma (II)

  1. keny gonzalez araneda // 21 Abril, 2017 en 19:03 //

    Muy interesante lo que por primera vez leo acerca de alguna aproximación al trabajo que involucra el proceso de santificación de alguien (disculpen, quizás es primero la “beatificación” del P. Esteban?). Su lectura me hizo recordar mi año en Namibia, por ahí por el año 1990 o 1992….me gustaba escribirle a mis compañeras de trabajo de la Cepal y ellas me respondían que se juntaban a leerlas, pues les parecían verdaderas crónicas de los hechos que tuve en suerte de observar y vivir.
    Tengo el gusto de conocer al P. Sergio, pero no le había “leído” nada.. me encantó su estilo….Gracias por publicarlo.

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